3/10/06
Ciudad de México 5 de junio de 1822
Tía Caritas:
Últimamente la ciudad ha sido un caos debido al pronunciamiento del general Iturbide. Como ya habrás escuchado, el señor fue proclamado emperador de la nueva nación. ¡Hubieras visto la revuelta que se armó hace dos semanas! Tuvieron que atracar las puertas de la casa para que no entraran los léperos que siempre se aprovechan de la situación para saquear las casas y abusar de las mujeres. Las muchachas nos encerramos a cal y canto en el segundo piso, y hasta pensamos en sacar las pistolas de don Julián, el difunto esposo de doña Lola, por si se metía alguien. Como el Congreso cedió a la presión, la turba se calmó ya pasada la noche y afortunadamente pudimos dormir tranquilas; sin embargo, por si las dudas, doña Lola contrato a unos señores para que montaran guardia en el portón. Gracias a Dios, no los hemos necesitado mucho, pero de todas maneras se quedaran de planta por si arma otro san quintín. Ya hasta han hecho migas con las tres “Gracias”, es decir, Pita, Romina y Jacinta las criadas de nuestra arrendadora.
Por desgracia el pronunciamiento militar no terminó ahí ¡no te imaginas lo que aconteció ayer!
Doña Lola es amiga de varios seguidores de Iturbide y cómo la revuelta fue todo un éxito, no han cesado de venir a las tertulias que se organizan a menudo. Vienen de todo, diputados, militares, artistas, doctores, hasta prelados he visto por aquí. Como la jugada les resultó, ahora celebran a rienda suelta sin reparar en los saqueos que sufrieron casas y negocios. Ayer, la casa estaba a reventar porque a Doña Lola le dio por organizar un sarao y en la fiesta echamos la casa por la ventana, como quien dice. Las muchachas no conciliaron el sueño hasta pasadas las tres. Las “Gracias” acabaron con un humor de los mil diablos por correr borrachos y limpiar todo al día siguiente. Yo me quedé un rato en la fiesta pero cuando los caballeros empezaron a sobrepasarse me retiré luego luego. Nomás fui a la cocina por mi chocolate y me subí a la alcoba para practicar unos acordes con mi mandolina. No pasaría más de una hora cuando llega Jesusa, la más joven de nosotras, a tocarme la puerta.- Vina, hay un tal mariscal de Castilla que pregunta por ti.- Bajé a regañadientes; estaba cansada y más para recibir a ese viejo lisonjero.
Apenas y se podía andar por el salón con tanta gente. Distinguí al mariscal en una mesa con otros oficiales desconocidos.- Hasta que te apareces querida Vinita- Me saludó radiante; de seguro lo acababan de ascender. Tenía tantas condecoraciones que me cegaba, al reflejarse en ellas, la luz de los candiles.- Cada estás más guapa.- me dijo admirando mi vestido bordado de florecillas. Me presentó a los demás como si me conociera desde hace muchos años, cuando en realidad sólo nos hemos visto un par de ocasiones. De los militares que le acompañaban, me llamó la atención un coronel Santa Anna que fue el primero en ofrecerme su asiento.- Usted es de Veracruz ¿no es cierto? – Le reconocí el acento - Soy de Xalapa.- me dijo devolviéndome una mirada perspicaz- ¿Usted es cordobesa? Tengo la sensación de haberla visto antes. Le respondí que había vivido en Córdoba muchos años, pero en realidad era oriunda de México. Cuando le pregunte que le parecía la capital me respondió que no en vano la habían nombrado la “Ciudad de los Palacios”. De enfrascarme en su conversación, olvidaba preguntarles a los caballeros cual era el motivo de su visita. El mariscal tomó aire como si fuera a decir un gran discurso- El honorable sargento Marcha, aquí presente.- se refería al único mal encarado que me echaba una mirada de mosquete.- Trae para usted una cortesía del ahora proclamado emperador de México, el general Don Agustín de Iturbide, héroe consumador de nuestra Independencia. Tiene el agrado de informarle que Ud. Acaba de ser nombrada Dama de Honor de Doña Ana Huarte de Iturbide.
Me blandió una carta con sello y firma. Al principio no lo podía creer y emití una risilla estúpida por si trataban de ilusionarme en vano, pero al leerla salí de toda duda; en efecto era una cortesía dirigida a mi persona y firmada por el mismo general Iturbide. Las muchachas armaron una algarabía y se pasaron la carta de mano en mano. Doña Lola salió a darme besos. Fue tal, que varios curiosos se acercaron a nuestra mesa. La apatía del principio se me pasó de volada y me quedé bailando hasta tarde. Aparte me desvelé por releer la participación en mi cuarto.
Los próximos días voy a estar ocupada con un propedéutico de etiqueta y protocolo de la corte. Ojala y pudieran venir a verme en la coronación. Si mi tío no quiere puedes pedirle a Leonor; y que venga con Esteban y su hijita que los quiero conocer. Como siempre, don Julián les manda saludos y un regalito para mi tío; dice que si se deciden a venir a México el puede recibirlos en su casa.
Besos de tu sobrina Ada Malvina
Ciudad de México 8 de agosto de 1822
Querida Leonor:
¿Cómo sigue la tía Caritas? No sabes como me encantaría ir a visitarlos a Córdoba, pero con mis deberes de dama apenas y puedo salir del palacio. ¿Te hubiera gustado ser dama? ¡Ay mujer! Pues déjame decirte que no te pierdes de mucho. Todo lo que hacemos es escoltar a la emperatriz a todo lugar al que vaya, ya sea al jardín o el servicio. No podemos despegarnos de ella a menos de que nos lo ordene. Parecemos sus gatas, le hacemos de todo, perfumistas, peinadoras, camareras y a veces hasta tenemos que cuidar de su numerosa prole, un montón de imberbes impertinentes que siempre arman escándalo y rompen todo lo que ven a su paso. Más todo eso, tenemos que seguir al pie de letra el protocolo, que no nos deja ni respirar. Por ejemplo, ¿Sabías que tenemos que permanecer de pie mientras la emperatriz toma su baño? Así de absurdo como ves; tenemos que permanecer paraditas, como esclavas, por tres horas, que es el tiempo en que la emperatriz tarda en arreglarse, pero eso no es todo; lo que más detesto es que el protocolo nos dicta hasta cómo debemos vestir. Como la mayoría en la corte, doña Ana tiene gustos muy europeos. Nos hace vestir de encaje y peinar de caireles tanto para ceremonias oficiales como para cualquier evento público. Ya vayamos al teatro ó a la ópera, siempre tenemos que ir peinadas y vestidas del mismo modo. A las aristócratas les encanta lucir como muñequitas francesas, pero a mi amiga Malena y a mí nos aburre en lo absoluto. Male toda vía lo soporta, pero a mí me fastidia. Tú sabes cómo odio los caireles porque me hacen parecer una niña boba; sabes que prefiero los vestidos más tradicionales porque soy mexicana de hueso colorado. Me importa un comino lo que piensen las señoras de la corte, cuando puedo siempre ando luciendo mis trenzas con listones, mis rebozos de Santa María y mis joyas de plata. Como aquí en México llega ropa de todas partes, ya tengo deshilados de Zacatecas, mantillas, botines de Guadalajara y bordados de Puebla. Ah, y hablando de regalos, recibí el suyo. Mucha gracias por el crucifijo, está divino, ese cristal de Murano me fascina por sus colores. Aquí también me mimaron mucho por mi santo. Recibí montones de obsequios que me dieron las damas y caballeros de la corte. Con decirte que hasta el mismísimo don Agustín me dio. Una bagatela, según él, que consistía en un prendedor de esmeraldas que hace resaltar mis ojos, no te estoy inventando nada que así fue como me dijo. Lo malo es que nadie logró atinarle a mis gustos folklóricos, salvo Malena que me regaló un espejo pintado a mano.
Por cierto, ¿Sabes que don Julián ni siquiera se dignó a felicitarme? Últimamente ha estado enfadado conmigo. Me dijo que desde que entré en la corte me volví una interesada sin escrúpulos, y que no me tomaba en serio nuestro compromiso ni su cariño. La verdad es que está celosísimo de mis amistades; no se si le cuentan chismes, pero el otro día que le reclamé su desafecto en el día de mi santo, me salió con que es inaceptable mi amistad con el emperador. Dice que me da tratos de querida y que se rumorea mucho sobre ciertos deslices. Ve tú a saber de dónde lo sacó, pero son mentiras. El emperador sólo me estima como amiga y es natural que me agasaje por mi santo. Además, el tonto del Conde Ávila no se da cuenta de las verdaderas insinuaciones que me hacen otros. Es más te voy a contar un secreto que ni se te ocurra decírselo a mis tíos; si se enteran son capaces de regresarme a Córdoba y armar un escándalo.
¿Te acuerdas de ese oficial jalapeño del que te conté que conocí en la casa de doña Lola? Sí, el brigadier Santa Anna. Me lo encuentro seguido en palacio y hemos charlado un par de ocasiones. Tú me conoces y sabes como me gusta cotorrearles a los hombres, pero creo que esta vez se me pasó la mano. Pasados ya unos días de mi santo, se presentó en mi habitación con un regalo: un hermosísimo rebozo bordado con flores. Me embarazó y trate de rechazarlo (imagínate si se hubiera enterado don Julián) pero el hombre insistió en que sólo era un cumplido en plan de amistad. La semana pasada me llevó a Coyoacán, ese pueblito que está al sur de la ciudad. En vez de ir en carricoche quiso llevarme en su caballo. Me las arreglé para que don Julián no sospechase, le inventé que iba a asistir a una misa de funeral de una amiga y lo mismo dejé dicho en palacio. Al brigadier lo cité discretamente en un merendero. Fueron más de tres horas de camino y hubo que atravesar el bosque de Chapultepec. Si vieras que es precioso, pero no es igual ir de día de campo con la corte que aventurarse sola con un hombre al que apenas se conoce. ¿Cómo fui capaz de aceptar y más estando comprometida?. No te imaginas que mañosos son los militares. En vez de seguir el camino se internó en el bosque para hacer más tiempo. Cabalgaba como alma que lleva el diablo y el alazán daba tales brincos que si no me aferraba de su cintura, me caía de la silla. Fue muy ingenuo de don Antonio pensar que no me daría de sus apaños, pese a mi edad, no tengo un pelo de cándida y me las sé de todas todas. Regresamos ya noche al palacio y el brigadier me acompañó hasta mi alcoba. Lo despedí en la puerta y le agradecí por el paseo. Con autentico descaro, y sin importarle mi compromiso el hombre se me insinuó - Señorita Ada ¿Qué no se piensa despedir de mí?- Me quedé muda por su atrevimiento, ¿Qué tal si había alguien espiando?, pero el corredor estaba vació y oscuro, entonces decidí darle una lección. Con toda precisión y conteniendo la risa, me acerqué haciéndole sentir mi respiración y justo cuando me iba a plantar un beso, le dije buenas noches y me metí a la habitación dejándolo con el desaire.
Cualquier sentido me hubiera dejado en paz, pero el brigadier lo tomó a juego y para vengarse, me asedia en las peores situaciones. Le fascina cuando es enfrente de don Agustín. La otra vez no se midió. Cuando me encontraba desayunando con el emperador, se le ocurrió irrumpir en el desayunador sin hacer antesala, so pretexto de traer un mensaje urgente para S. M.I. Muy apenado don Agustín tuvo que despedirme para atender el asunto. Me ha hecho esa y otras más, No enfrente de don Julián, desde luego, pero si en presencia de personas conocidas. Yo no soy dejada y trato de desquitarme, pero entre más le respondo, más me enredo en su juego. Debo confesarte que a la vez me divierte, pues te digo que me aburro de muerte con mi noviazgo formal, pero ¿A dónde iré a parar con este hombre? .Si el conde se entera, retará a duelo al brigadier y a mí me tomarán de una cualquiera. Si tío Lucio se enterara del idilio, le daría el patatús de que ando enredada con un militar (que además fue realista) sin promesa de matrimonio. Luís también armaría un escándalo y no sé de que sería capaz con tal de sacarme de la corte y mandarme derechita a con mis tíos. No piense mal de mí, primita, te aseguro que sólo soy víctima de las circunstancias.
Un abrazo
Ada
PS: espero que te gusten los regalitos de Boda. Un saludo para Esteban y besos en cada mejilla para mi sobrinita.
Ciudad de México 21 de marzo de 1826
Querido Jerónimo:
Mucho me temo que las cosas no han salido como hubiésemos querido. No me gusta escribirte malas noticias ahora que haz estado tan ocupado trabajando en los pueblos, pero necesito informarte de lo acontecido.
Después de muchas dificultades, logré que el presidente Guadalupe Victoria me concediera una audiencia. Fue apenas el pasado miércoles cuando pude plantearle la situación de tus padres. ¡No te imaginas que difícil fue! Con todas las presiones, conspiraciones masónicas y su delicada salud, se nota que don Lupe no quiere recibir a nadie. Varias veces pedí audiencia y los imbéciles de sus secretarios no me querían otorgar nada. El colmo es que se negaban sin siquiera consultarle.- el Sr. Presidente se encuentra muy ocupado para naderías, me decían los insolentes, como si por ser mujer mi asunto no fuera importante. Sin embargo después de tanto insistir, le informaron de mi solicitud. Como el general Victoria me conoce, a pesar de sus problemas, finalmente aceptó.
Me citó el miércoles al medio día, y tu padre decidió acompañarme para que no fuese sola. Llegamos muy puntuales al Palacio Nacional; tal y como lo exigieron sus secretarios. Nos recibieron fríamente y nos sentaron en la antesala. La espera fue eterna, duró dos horas y media. Cuando empezábamos a entumecernos, finalmente nos llamaron. El mismo malencarado que nos recibió, nos condujo por un interminable pasillo hasta el despacho del Señor Presidente. A diferencia de su empleado, don Lupe se portó muy amable, nos ofreció café, bizcochos y a tu padre, cigarrillos de vainilla. Para mi sorpresa, también nos enseñó el retrato que me había mandado hacer Iturbide; tanto le había gustado que lo mandó colgar en su despacho. Todo iba tan bien al principio que don Felipe y yo dábamos por hecho la concesión de residencia permanente en el país. Con ayuda de tu padre le expuse la situación lo mejor que pude, pero muy apenado el presidente se negó desde el principio. Mucho me temo que aunque considero vuestra amistad, no puedo interceder por ustedes, nos explicó, el mismo decreto es el que me lo prohíbe, si acepto me metería en un problema constitucional con el Congreso.
Pero yo sé que usted podría hacer una excepción en este caso. Mi esposo siempre le ha estimado a usted, Señor Presidente. Jerónimo y yo, más que nadie, estaríamos en deuda con un hombre tan ilustre. Usé ese y otros halagos más para doblegar su espíritu, pero todo fue inútil. Lo siento, decía, no puedo correr riesgos. Al ver que mis coloquios no funcionaban, tu padre comenzó a exasperarse.- Eso es ridículo- intervino- Mi familia lleva en México por más de dos siglos, y yo ya residía en esta ciudad mucho antes de que usted naciera ¡Soy tan mexicano como usted! Además siempre estuve a favor de la Independencia. Intenté compensar su enojo, pero ya había perdido el tacto por completo. Por su parte Victoria, como insurgente empedernido que siempre ha sido, se molestó al escuchar el término “Independencia” de la boca de un español. Parecía que no soportaba ni oírlo pronunciar con el inconfundible ceceo de un buen castellano. Conteniéndose le respondió: Lo siento don Felipe, pero a fin de cuentas usted y su esposa son oriundos de España y la ley establece que sólo los nacidos en México pueden residir en el país.
Se que es difícil, pero por favor póngase un poco en mi lugar, explicó desesperado mi suegro, todo nuestro patrimonio está aquí en México, si lo dejo, mi esposa y yo nos quedaremos en la calle.-
Tendrá un plazo de tres meses para asegurar sus posesiones, dijo el General Victoria, es lo único que puedo hacer por usted. Como ya le expliqué, todo es por su propio bien; ya no nos es posible controlar los linchamientos a peninsulares.-
¡Pues entonces expulse a la indiada y no a la gente de bien!, salió don Felipe vociferando maldiciones.
Me despedí cortésmente de Victoria y salí tras él, por miedo a que lo agarraran en la calle; ya que sus blasfemias se oían en toda la cuadra. Afortunadamente para cuando lo encontré apoyado en una fuente, ya se había tranquilizado. ¿Qué le voy a decir a Estelita?, se lamentaba, si supieras, hija, cuanto queremos a México. Traté de consolarlo lo mejor que pude. Pero por desgracia, hasta ahora no ha salido de su depresión. La verdad es que yo también me siento indignada, querido. Consideraba a Guadalupe Victoria un hombre realmente admirable, pero parece que los héroes a quienes tanto admiré en mi mocedad se han desvanecido por completo. Todo cuanto entra en la política se echa a perder.
Cuando tu pobre madre se enteró del resultado de nuestra audiencia, rompió en llanto. Realmente me partió el corazón ¡Pobre de mi suegrita! Lo único que la cosuela es mimar y cuidar a su nieto. Víctor, quien todavía es muy pequeño para entender lo que pasa, se la ha pasado muy bien en este viaje. Le encanta andar retozando por la casa de sus abuelos ó salir a la calle para que le compren dulces.
Para el próximo mes ya estaré en Córdoba. Remedios se quedará aquí con Víctor porque doña Lita quiere tenerlo más tiempo en casa mientras don Felipe arregla lo de el exilio. Dicen tus padres que quieren pasar unas semanas allá en Las Nubes antes de partir a Cuba. Quiero hacerles un sarao de despedida. Estaría bien que fueras invitando a nuestros amigos. Te manda saludos tu muchachito, ¡Demonio de niño! ni me deja escribir, todo el tiempo quiere estar jugando.
Recibe un beso de tu cara esposa
Ada Vina Amanti de Quintero
Xalapa, Veracruz 3 de noviembre de 1822
Mi preciosa Vina:
Es una lástima que hayas tenido que regresar a la Ciudad de México. Me aburro de muerte aquí en Xalapa. No sabes lo deprimente que es para un hombre como yo estar renegado de compañía femenina. Siento como si estuviera enclaustrado en el convento de los Carmelitas. Esos gachupines de San Juan de Ulúa me han dado una canija lata. Por más intentos que hago, no quieren entregar el fuerte. Al parecer prefieren encerrarse el resto de sus vidas ahí antes que reconocer la Independencia y al Imperio. Dávila hasta me da lástima. El pobre ya está muy chocho y todavía quiere darse aires de héroe. Me he valido de los mejores medios para persuadirlo, pero ni siquiera se digna a leer mis misivas. Me tiene un odio incontrolable desde que me uní al ejército trigarante. Hasta me culpa de haberle sonsacado a su mujer, lo cual es falso. Cuando le servía, yo era apenas un joven teniente de veinte años, nunca le falte en nada, además era doña Isabel quien se aprovechaba de mi posición para seducirme, era atractiva, lo reconozco, pero como hombre recto que soy, nunca cedí a sus escarceos.
Se nota que el terco viejo quiere levantarme falsos para desacreditarme ante los ojos de los que me siguen y estiman.
Por otro lado ese perro de Echevarri hace lo mismo frente a Iturbide. Es obvio que me tiene envidia, porque a pesar de ser más joven, soy más capaz para movilizar y reclutar efectivos. Lo peor es que sigue resentido por las deficiencias en el último operativo para tomar Ulúa. Poco faltó para que me acusase de traidor, es un cobarde. Aquella vez que los españoles bombardearon el puerto, sólo le importaba salvar el pellejo. ¿Qué quería? ¿Qué dejara a la gente del puerto a merced de los españoles para protegerlo a él?
Si hubo errores en esta campaña, no fue mi culpa, maquiné el plan perfectamente, sin pasar por alto ningún detalle. Si las cosas salieron mal, se debió a la ineptitud de mis hombres.
Para colmo, la campaña de desprestigios en mi contra ha dado resultados. Al inmundo de Echevarri no le basta haberme quitado el puesto que merecía por mis méritos, quiere arruinar mi carrera militar y sacarme del ejército. Los días que S.M.I estuvo aquí, se valió de cualquier oportunidad para humillarme en público. Cuando el emperador me llamó a una recepción, planeó una jugada bastante sucia. Mientras cabalgaba rumbo al Palacio de Gobierno en Xalapa, se congregó una multitud para recibirme, los jalapeños me conocen bien, y son los únicos que no creen en las calumnias. Iturbide se puso celosísimo del cálido recibimiento y en el momento en que fui a besar su mano me trató con frialdad. Era obvio que había recibido cartas de Echevarri acerca del fallido intento de tomar San Juan de Ulúa. En el salón había mucha gente y empecé a sentirme mareado por el calor. Como Iturbide se encontraba hablando todavía con los cortesanos, me dispuse a sentarme en un confortable sillón que había en una esquina. No había pasado ni un segundo, cuando uno de los gatos de Echevarri me gritó a todo pulmón que no podía sentarme delante de S.M.I. Consiente de mi descuido me levanté enseguida y ofrecí disculpas. Eso no impidió las burlas. Cuando vi a Echevarri sonreírse con Iturbide, me dio tanto coraje que tuve que salir cuanto antes para no retorcerle el pescuezo al imbécil que me había puesto en ridículo frente a todos.
Pero de nada les servirán sus intentonas. Por más que me odie, Iturbide no puede deshacerse de mí, me necesita para capturar a Guadalupe Victoria y sabe que sin mi autoridad no puede ganarse a los veracruzanos, ya que tampoco confían en Echevarri. Estoy planeando una revancha, mas no tiene caso que te la confíe ahora, ya te enterarás después. ¡Ay de mi Vinita! Cómo te extraño. Me gustaría dejarlo todo para correr a tus brazos, pero si no actúo ahora las cosas serán peores. Ya no soporto más, me invade el deseo y no puedo conciliar el sueño en las noches nomás de pensar en ti. Necesito el calor de tus besos, puesto que ninguna mujer es capaz de reemplazarte. Deja que termine de arreglarlo todo y me lanzo a por ti para que estés a mi lado. No me importa si no te dejan, me las arreglaré, ya sea con la emperatriz, Iturbide, o quien se interponga. Ningún obstáculo debe sobreponerse al amor y tu te vendrás conmigo, llueve, truene o relampagueé.
Con el más sincero amor
Antonio
PS: Perdona que te escriba estos pesares en lugar de candentes versos, pero los amantes no debemos guardar secretos, y eres la única persona con la que puedo desahogarme.
Ciudad de México 10 de noviembre de 1822
Querido Antonio:
Me sorprende que hayas escrito hasta ahora si realmente me extrañas tanto. ¿Qué ninguna mujer es capaz de reemplazarme? Depende, mi querido brigadier, para que menesteres me solicites. En cierta forma nada tienen que pedirme las mulatas del puerto, y te conozco Antonio; no me puedes negar que como servidor de la Patria te tomas algunas libertades.
La única enclaustrada aquí soy yo. Ahora de plano no me es posible salir del palacio debido a que la emperatriz acaba de tener al nuevo príncipe y apenas se está recuperando. Si haces la cuenta, con él suman ocho críos, no sé como ha podido soportar doña Ana tantos alumbramientos, pero total, parece que ya está más que acostumbrada. En cambio ahí nos tienes a nosotras las Damas, haciendo de nanas en vez de que la nodriza se encargue de todo. Entre las quince nos turnamos para atender y dormir al pequeño. Como llora mucho, la nodriza siempre nos llama a Male y a mí para que le arrullemos con canciones de cuna. No le importa si en el momento estamos haciendo otra cosa; nos sale con la cantaleta de que son órdenes de doña Ana. Se pasa de fodonga, la otra vez nos dijo que de ahora en adelante pasáramos la noche a lado del moisés para estarle cantando cuando se despierte, ya que ella al parecer no quiere el paquetito de andarse desvelando ¿Acaso no es su obligación?
La emperatriz ha pasado todos estos días en cama, y a lo mucho, sale nomás al jardín. Todo el séquito nos la pasamos con ella en su alcoba, cuan largo es el día, bordando las mantillas y tejiendo chambritas para el principito. Como Marina y yo no somos tan diestras en esas manualidades, nos encargamos de entretener a la emperatriz con coplas y canciones, y a veces hasta nos escapamos cuando vamos por la charolilla del chocolate. Doña Nicolaza es nuestra única salvación porque a veces solicita que la acompañemos al teatro, o a visitar a sus amigas, las marquesas de quién sabe que. Te juro que es más divertido pasarla con ese par de lagartonas que permanecer encerradas en la alcoba real de la emperatriz.
Pasando a cosas más serias, no me sorprende lo de Echevarri. Ya se me figuraba que ese hombre era bien sañoso. A mi siempre me hacia el feo cuando me mandaba llamar S.M.I. ¡Ah! Pero hablando de Iturbide, si yo fuera tú no le buscaría tres pies al gato ¿Cómo puedes estar tan seguro de que le sigues siendo tan indispensable? Si hay tantos otros que darían la testa por atrapar al General Victoria. No lo tomes a mal, pero la vanidad no es la más grande de tus virtudes, Antonio. Te crees cien en uno y me da la sensación de que te confías demasiado. Se que como mujer muy poco puedo opinar en el asunto, pero si yo fuera tú, me andaría con más tiento.
Tampoco quiero aguarte las ilusiones, pero va estar difícil que pueda regresar a Veracruz, a menos de que doña Ana se sienta en sus facultades para salir del lecho. Deberías esperar unas semanas más a que las cosas se regularicen en el palacio o de lo contrario me será imposible acompañarte. Ni digas que no te tengo consideración porque yo también te he extrañado bastante. Además ya no aguanto al chupasangre del Sto. Marcha que desde que me vio regresar con el emperador me atosiga cada cuando me topo con él. Es una lástima que haya interrumpido sus vacaciones, Srta. Amanti, me dice arrastrando las palabras con sorna.
Tengo la ligera sospecha de que él y otros me vigilan, como si fuera a escabullirme de un momento a otro.
Te quiere y manda besos
Tu Ada
PS: Iré contigo bajo la condición de que una vez allá, me lleves a bailar con los jarochos.
Ciudad de México 14 de noviembre de 1822
Querido tío:
Quizá le sorprenda sobremanera, pero esta vez no le escribo con la intención de pedirle dinero; es para darle razones de mi hermana Ada.
Su conducta me tiene indignado pues no es propia de una muchacha de buena familia. ¿De qué tanto habrán servido los esfuerzos de usted y mi tía en su educación? La ingrata no da muestras de una educación propia, al contrario, se comporta como una libertina sin dignidad. Sabía que hospedarse en casa de esa lagartona no iba traerle ningún provecho. Admito que la culpa fue mía desde un principio al permitírselo, pero fue porque Adita se creyó que la susodicha era una vieja amiga de mis queridos tíos, en paz descansen. Esa tal doña Lola es famosa en la ciudad por las tertulias que organiza en su casa, a las que generalmente asisten caballeros para recibir las atenciones de sus pupilas, todas menores de veinte, que se la pasan cantando, bailando y vendiendo a precio de oro sus favores. Nunca supe a ciencia cierta si Ada formó fue parte de aquella cohorte, pero me he de figurar que la vieja no pasó por alto sus atractivos. Eso no es todo, la Dolores, viuda por más de veinte años, no tiene y nunca tuvo relación alguna con nuestra familia mas que haber sido amante de mi tío Odiseo, cuando vivía en la ciudad. Dudo que haya aceptado a mi prima sin ningún interés de por medio ¿Cómo llegué a creer que aquella madame de burdel hospedaba señoritas de bien?
Definitivamente las amistades que hizo Ada en ese lugar no son dignas de nombrarse; además entre ellas y la vieja le han de haber enseñado las mañas que tiene ahora. Desde luego, cuando me di cuenta de la situación, la quise mandar derechito a Córdoba con ustedes, pero por seguir sus consejos, tío, la recondenada se salió con la suya. Ojala me hubiera hecho caso Usted porque lo peor vino después.
No volví a conciliar el sueño desde que Iturbide se proclamó emperador, fue lo peor que pudo pasar, no sólo para la nación, sino también para nuestra querida familia. Cuando me enteré de quien figuraba en la lista de las damas de honor de la señora Huarte, casi me voy de espaldas. Traté de impedirlo a toda costa, pero fue inútil. Y pensar que mi tía la felicitó por su nombramiento. Como se nota que las mujeres no están hechas para entender de política. A mi hermana no parece importarle traicionar a su padre y a mi primo César quienes dieron la vida por la Independencia. Además, desde aquel día se ha vuelto imposible de tratar. No se deja decir nada y siempre me anda alzando la voz. Se da aires de aristócrata y me han llegado quejas de su mala conducta en la corte. En las cartas que les envía a mi tía y a mi prima Leonor, sólo trata de impresionarlas, cuando en realidad pasa por alto la voluntad de Usted y de mi tía Caritas.
Es claro que ustedes la mandaron a la Ciudad de México con el objetivo de que se casara con don Julían Cardozo y todo iba marchando muy bien, hasta el funesto día en que entró al palacio a visitar a Adita ¿Ya ha recibido cartas de don Julían? Él está muy molesto, me ha dicho varias veces que le no le gusta nada la relación “amistosa” de Ada con el emperador. Pobre hombre, hace el doble de corajes que yo, porque sabe que no puede hacer nada al respecto. Ada ni se entera de nuestra desesperación, se la pasa en el palacio, yendo a fiestas y gastando el dinero de la forma más banal. Yo he cumplido lo que prometí a mi padre, cuidar de mi hermana pase lo que pase; pero la verdad es que ella no ha cumplido como hermana. Hace caso omiso de mis regaños y es incapaz de obedecerme. Desde la última vez que le volví a alzar la voz, no me ha dirigido la palabra. Sólo viene a la casa para ver a Miguel, en el palacio sólo recibe a Orlando, y cuando yo voy a visitarla no hay posibilidad de verla. Don Julían está casi en las mismas, Vina lo ve únicamente los fines de semana, si va a verla otros días ni siquiera lo dejan entrar.
Me gustaría que las quejas terminaran aquí, pero todavía no le he contado lo peor: He oído rumores de que la cortejan varios señores; desde marqueses y duques de no se dónde, hasta mariscales del ejército. Don Julían, afortunadamente, no cree en estas habladurías; pero lo que él no sabe, es que un gran número de galanes me han ido a reclamar los desaires que les provoca mi hermana ¡Demonio de muchacha! Lo único que hace es meterme en problemas, como si no tuviera suficiente con los estudios y mi trabajo. Primero les coquetea a esos desgraciados y les acepta regalos para luego ya no corresponderles. Ella está despreocupada y evade mis amonestaciones con ironías y risillas. Una vez ella me hizo enojar tanto que estuve a punto de alzarle la mano, pero me contuve a tiempo por respeto a la promesa que le hice a mi santa madre de que nunca le daría friegas. Sin embargo le advertí: Ésta es la última vez que tolero tus insolencias. Esto la enfadó muchísimo y de un manotazo quebró la botella de jerez, que le reservaba a Usted para regalársela. Lo que más me revienta son sus arrebatos de vanidad. Como ha hecho migas con el emperador, quien también le hace regalos, no se deja decir nada y quiere darse aires de princesita. Para mí que ese cabrón de Iturbide tiene a Vina de su favorita ¡Sobre mi cadáver! Ya bastante agravio le han hecho a nuestro nombre esa punta de realistas. Alguien me ha dicho que le mandó posar para un cuadro que él conserva en su despacho. Otros hasta dicen que la ha declarado “Espejo de belleza mexicana” ¿Se dará cuenta la emperatriz de todos estos escarceos? No sé, pero con cada nueva habladuría que oigo sobre mi hermana se me ponen los pelos de punta. A la ingenua no le pasa por la cabeza que su reputación está en juego, pues ya está en boca de todos debido a su libertinaje. No sé si sea conciente del problema en el que se está metiendo. Si se enreda con Iturbide, ya no podrá casarse con don Julían. Es sólo cuestión de tiempo de e el hombre se entere de todo y rompa el compromiso. Por desgracia, padre, no podemos hacer nada para sacar a Vina de ésta, ahora es una absoluta propiedad del Estado, cualquier disgusto con el emperador nos llevaría derechitos a la horca. Dicen que en el protocolo de la Corte no permite a las damas salir de la ciudad si no es por consentimiento de la emperatriz. No sé como se las arregla Ada para hacer viajes a Xalapa tan a menudo, estando la emperatriz en estado de gestación.
Le he pedido consejos al padre Servando, que junto con otros republicanos conspira contra el imperio. Él me recomienda paciencia; que no me precipite a hacer nada que me meta en problemas. Dice que el me puede ayudar a hacer entrar en razón a Ada. El padre Mier es una de las pocas personas a las que Vina realmente escucha y esto es lo mejor que se puede hacer. No se preocupe usted y mantenga tranquila a mi madre que voy a seguir cuidando de mi prima, aunque ella no me tenga consideración. Le seguiré escribiendo para darle más nuevas. Le mando una caja de habanos que tanto le gustan. Déle un abrazo a mi señora madre de mi parte.
Sinceramente
Luís
PS: También mando saludos a Leonor y a don Esteban.
Ciudad de México 12 de abril de 1823
Querido tío:
Perdone por tardar tanto en contestarle, pero es que todo aquí en la capital es un desorden con las continuas revueltas que ha habido. Finalmente ya pasó lo que tenía que pasar, sí, así es, tío; Iturbide decidió abdicar y dicen que se va del país exiliado, pero el problema aún no termina; sus fieles seguidores se le fueron encima al congreso y no hemos tenido un solo día sin motines y levantamientos masivos, ya sea a favor o en contra del Imperio. Se dice que el arzobispo está detrás de un movimiento para apoyar a los borbonistas.
Por mí no te preocupes, ya salí de la cárcel. En cuanto se dio la confusión entre los oficiales mayores, Luís aprovechó para sacarme de aquí, pero no lo hubiera sin la ayuda de don Valentín, quien fue él que se encargo de los asuntos legales.
De Luís le cuento que sigue más insoportarle que nunca. Para no quitarme el ojo de encima hizo que me mudara en el mismo departamento que él renta. Ahora sí ya me tiene dónde usted quería, ya debería estar contento. Luís no me deja hacer nada, y no puedo salir sola ni a la esquina; ni siquiera acompañada de Odila. Cuando vamos a misa él nos lleva y nos recoge, cuando voy a confesarme Luís siempre me espera en la entrada del templo. Tampoco me gusta que le de órdenes a Odila, ella es mi doncella y la única que puede mandarle aquí soy yo. Le digo que es el colmo tío. -Ni loco me casaría con una mujer como tú- me dice, me dice a cada rato, pero por otro lado parece que quiere asumir un papel de marido. En serio, la arrendadora del edificio piensa que es mi esposo y siempre quiere darme consejos de buena madre. Hasta mis amigas creen que nos casamos en secreto. Luego las señoras que fueron damas de la corte (que bueno ya no lo son) se han dado un manjar de habladurías con eso de que vivimos solos. Han ido a visitarme sólo para hacer chisme; cada día salen con un nuevo cuento. La última vez se decía que Luís hace reuniones privadas con sus amigos, y que yo me encargo de solazarlos cada vez que vienen ¡Figúrese usted, tío que inaceptable! Se lo he dicho a Luís, le he repetido mil veces que ya no podemos seguir viviendo así. Es más, prefiero regresar Córdoba con ustedes que seguir aguantando a mi hermano. El colmo es que también a mi me quiere traer de criada. Entre Odila y yo pusimos orden a la casa porque estaba hecha un cuchitril; libros y papeles regados por todos lados, manchas de tinta en los muebles, colillas de cigarro, ropa y polvo. Supuestamente, la hija de la arrendadora hace el aseo diario, pero no lo hace bien; deja algunas cosas sin sacudir y el polvo se acumula bastante. No le puedes decir nada porque es bien mal modienta. La otra vez me rezongó que ella no era mi gata y que tampoco era su culpa de que Odila fuera una fodonga. Pobre Odila, es la que tiene que andar aguantando sus groserías, ella no es dejada y el otro día estuvieron a punto de agarrarse del moño. Fui de inmediato a quejarme con la arrendadora y a la mozuela le fue bien mal. A la mañana siguiente apareció con el cachete hinchado. Quién sabe si habrá escarmentado pero ni con latigazos se le quitan los malos modos. A Luís y a Miguel, en cambio, los trata como reyes- lo que se le ofrezca, patrón- le dice a Luís- le hace ojitos y sonrisitas, y hasta sube cuando nadie la llama, para traerle café. Ha de pensar que con sus insinuaciones me van a dar celos ¡Que niña tan estúpida! Se me hace que ella le pasa las habladurías a las señoronas chismosas. Es cierto que Luís invita gente a cada rato, pero sólo son amigos de la universidad. Lo único que hacen es estudiar y ponerse a charlar de sus asuntos académicos. Aunque no sean de la misma carrera que Luís, sus pláticas son tan especializadas que no puedo tomar parte en ellas. Siempre hablan de ciencia, leyes, política y charlas de hombres, nunca hablan de arte ni literatura. Para colmarme la paciencia, Luís quiere que siempre que los esté atendiendo, que les sirva café o que le mande a Odila hacer chocolate. A veces quieren que les toque el piano o que les cante, todo sea para animar la reunión. En cambio, Luís no tolera que yo tenga visitas. Cuando son mis amigas no hay problema en dejarnos platicar a gusto, pero cuando son amigos (aunque sea el don Valentín o mi primo Jerónimo) no se despega del asiento del sofá. Si se encierra en su cuarto, no podemos hacer el menor ruido porque no le dejamos estudiar. Pero claro, yo no puedo quejarme de las risotadas de sus amigos, porque luego luego se enchila. Dice que soy demasiado remilgosa y que ustedes me consintieron demasiado. No es cierto, le he tenido toda la paciencia del mundo créame; no único que no le puedo tolerar es que me de órdenes ni hable golpeado, porque, ya le advertí, que él no es mi esposo ni tampoco mi verdadero tutor, al único que le rindo cuentas es a mis tíos, le dije y al padre Mier. Luís tolera muy poco a Miguel,y si a mi me pega de gritos, con Miguel casi se vuelve afónico; ya lo ha golpeado varias veces. Miguel me dice que también el se quiere ir de la casa, que no le importa trabajar de trapero con tal de ya independizarse. Temo por él, sabe usted, no me gustaría que se precipitara, pues apenas tiene 15 años ¡Y todo por el insufrible carácter de Luís!
Cómo ya le expliqué, tío, Luís está arruinado los pocos días que me quedan de soltera, así que si realmente se preocupa usted de mi felicidad, le pido que vuelva a recibir allá en Córdoba ¿Acaso no me ha extrañado? , y que mi tía le escriba a Luís para darle un buen jalón de orejas, no vaya ser que ahora no quiera dejarme ir. Espero con ansia su consentimiento, y le mando un beso desde México.
Con cariño, de su amada sobrina,
Ada Malvina
PS: No se moleste en pedirle a Luís que me acompañe a Córdoba porque le va a poner mil pretextos. Me acompañará mi primo Jerónimo que tiene muchas ganas de verlos. A decir verdad, es muy importante que vayamos a Córdoba juntos, ambos tenemos que comunicarles algo muy importante.
PSS: Espero que le guste la botella de Vermouth y a tía Caritas su abanico, tales presentes sólo se consiguen aquí en México.
La Loma, Pánuco 2 de enero de 1826
Ada mía:
Te escribo desde Pánuco, acá por la zona de los huastecos. Me siento tan triste de no haber pasado el Año Nuevo a tu lado ¡Ah, pero si supieras mujer qué de he trabajo he tenido! Pero pese a mis largas jornadas, te he extrañado más que nunca. ¿Te acuerdas estuvimos en Veracruz con los verdaderos republicanos, escondiéndonos de Iturbide? Parece como si ya hubiera pasado mucho tiempo, mas nunca olvidaré aquella noche en el pueblo, la noche en que tuve por primera vez. Viéndote bailar esa noche, no pude contener mi inexplicable atracción por ti, cuyo fuego ya se había encendido desde hace mucho tiempo; trataba de engañarme, ambos nos engañábamos, Ada, creíamos que era sólo la natural simpatía entre primos, algo superficial que se enfriaría con el tiempo. Después de lo que pasó, regresamos con nuestras respectivas familias, yo regresé a Xico con mis padres y tú a México con Luís y Miguel. Pensamos que nos olvidaríamos fácilmente de lo sucedido en la fiesta, pero la Providencia no lo quiso así. Dios nos hizo pagar caro nuestro pecado. Hemos padecido tantas cosas juntos, Vina, que es imposible pensar que no terminaríamos uniendo nuestras vidas. Fuímos despreciados por nuestros familiares a causa de nuestro atrevimiento. Todas las culpas recayeron sobre mi, y sobre ti cayó la vergüenza. Mis padres me condenaron y tus hermanos no me podían ver ni en pintura; al no poder desquitarse conmigo, su furia se volvió contra ti. Aún casándonos, todos se referían a nuestro bebé como el fruto de nuestro pecado; por eso no pudiste dar a luz a un ser vivo. Para que un niño nazca necesita recibir amor desde que está en el vientre de su madre. La pequeña criatura prefirió morir antes que nacer en el ambiente hostil de la ignominia. No es tu culpa Ada, ni mía, ni siquiera de las personas que nos repudiaron; en realidad no es culpa de nadie. Todo fue el destino, el orden de la naturaleza, la voluntad de Nuestro Señor. Las cosas no pasan sin una causa, Ada, y esta pérdida, aunque dolorosa, no fue en vano; fue la lección de Dios para que nos detuviéramos a reflexionar el porque de nuestra atracción, de nuestro amor. Por eso te llevé hasta Guatemala, para que pasáramos juntos el tiempo, al que nunca nos dimos oportunidad antes. Jamás, mi querida Vina, olvidaré ese viaje, y ahora, a pesar de que me encuentro durmiendo en catre dentro de un oscuro y frío jacal, no me paso las noches temblando de frío porque recuerdo y tengo tan presente nuestra noche de bodas como si se hubiera repetido todas las noches que he permanecido aquí. Sí, aquella en que dormimos en la fragata que nos llevaría hasta Campeche, y que sentíamos el calor de nuestro cuerpo mientras nos dejábamos llevar por el balanceo de las olas. Tampoco olvidare las noches que pasamos en aquel jacal de palma, en medio de la selva Lacandona y el hechizo que la naturaleza provocaba en nuestros sentidos, embriagando nuestros instintos, cada vez más. Recuerdo cómo me arrastrabas de un lugar a otro, maravillada del plumaje de las aves, cómo el Quetzal ¿te acuerdas?, de las flores exóticas y de los frutos que nos daban a probar las indias en las comunidades. También te maravillabas de las artesanías y los textiles que ellas mismas hilaban y hasta les compraste un vestido ligero de manta, bordado de flores y unos largísimos listones tejidos en telar que ellas usan para amarrarse las trenzas. Y lo que más he de recordar de aquel viaje fue cuando nos perdimos explorando la selva y que nadie nos encontraba. De tanto caminar sin rumbo nos topamos con unas ruinas mayas, y tú Ada, llevabas puesta una muselina blanca que por el calor se te ceñía al cuerpo, y en tu largo cabello llevabas prendidas varias flores que encontraste en el camino. Tu piel se había bronceado y brillaba debido a la extraña sabia que te habían recomendado las indias para las picaduras de insectos. Ahí en ese lugar sagrado para los indios, sin importarme que fuera medio día ni que todos nos estuvieran buscando, ahí te amé como nunca antes lo había hecho, olvidando el calor y el cansancio. Porque cuando te ví quitándote las alpargatas y descubriéndote los talones no pude contenerme y te atraje hacia mí como si fueras una ninfa. Besé y me comí tus labios mientras trataba torpemente de quitarte la ropa. Quité una a una las flores de tu trenza para acariciar tu cuerpo hasta que tu cabellera se desparramó sobre la piedra. Cuando al fin desabroché tu corpiño, liberé tus pechos y los sorbí y palpé como si fueran los de mi madre. Como tenía sed, bebí toda la sabia que mezclada con tu sudor tenía un sabor salado y fresco, la misma que también me hacía resbalar de tu cuerpo. Como te empezaste a quejar de que tu espalda te ardía de tanto rozar con la piedra, te permití montarme a horcajadas, gemías como si te estuvieran clavando en una cruz. Ni el canto de las guacamayas, ni el correr del río pudieron callar nuestros gritos y así fue como nos encontraron los indios, tendidos desnudos sobre piedra sagrada, rendidos de amor.
Me temo que me he abstraído demasiado en mis recuerdos amorosos; como te había dicho, estoy en un rancho cerca de Pánuco; llevo aquí una semana tratando de atender a las familias de las comunidades cercanas. No te imaginas mujer, que lugares tan miserables hay en los alrededores. Sus condiciones de vida son precarias y esta gente no tiene ni la más remota noción de salubridad. Parece que no acabamos nunca, apenas y termino con una familia y ya estoy cuidando pacientes en otra. Ni mis prácticas de campo en el colegio de medicina eran tan extenuantes. Somos cuatro doctores los que atendemos esta zona y nadie tiene tiempo de asuetos; salvo Villegas que ya contrajo las fiebres. En realidad no es el número de habitantes, sino las enfermedades que por lo general cobran la vida de familias enteras. Que si el esposo tiene sífilis, la mujer tiene gonorrea, o los niños disentería, el abuelo sarampión, los primos sarna y el compadre vómito negro. Siempre hay necesidad de tratar a todos al mismo tiempo. Los niños mueren a diario por desnutrición si no padecen de otra cosa. La familia con la que estoy ahora tenía a tres niños con lombrices en los intestinos. Los habían llevado con curanderos que lo único que hicieron para ayudar fue que les dieran cólicos terribles. Los pobres mocitos se la pasaban todo el día retorciéndose sin poder levantarse. ¡Cúrelos, doctorcito!, me suplicaba su madre, quien a lo sumo tenía tu edad y seis hijos. Me conmovió tanto, que no dormí dos noches hasta desparasitarlos a todos, usando el tradicional y desagradable método de sentar a los niños en leche caliente. Afortunadamente, su condición ha ido mejorando, les he recetado Chaparro Amargo y ya pueden regresar a sus labores en el campo. Sus padres están tan agradecidos conmigo que ha pesar de su pobreza tratan de recompensarme en todo y cuidan que no me falte nada; hasta me regalan tabaco y aguardiente de lo poco que tienen. Pero la suerte de familias como ésta no es más que una excepción. Anoche murió una muchacha que no pudo dar a luz. Y un niño de tres años acaba fallecer por desnutrición.
No tienes que temer por mí, me estado cuidando bien para no contagiarme de alguna enfermedad y además, mañana mismo me voy a Tampico y de ahí regresaré a casa. Estaré de vuelta en casa dentro de tres semanas; sin embargo no puedo pedirte que me esperes, pues el verdadero motivo de mi carta es para pedirte un gran favor. ¿Te haz enterado del decreto que acaba de aprobar el congreso? Me acaba de llegar hasta Pánuco una carta de mi padre. Dice que le han enviado una orden en dónde le dan no más de un mes para abandonar el país. ¡Imagínate nomás, que terrible! Vinita, tu eres la única esperanza que tienen mis padres. Eres amiga del presidente Guadalupe Victoria y él te quiere bien. A lo mejor tú podrías convencerlo de que les diera una concesión extraordinaria para seguir residiendo en México. Urge que marches a la capital para arreglar las cosas. Además mis padres quieren verte desde hace un año. Iría contigo, pero aunque marchara ahora mismo hacia Córdoba llegaríamos muy tarde para solucionar las cosas. Lo mejor será que partas lo más pronto posible. Pero te advierto que no consentiré en que viajes sola. No solamente te vayas a ir dile a Toribio que te llevé uno de los muchachos, o si son dos mejor. El camino es largo y hay que cruzar la sierra de Puebla. Nunca viajen de noche, hagan escalas de más de una noche si es necesario. Lleva solo el dinero indispensable y viaja con discreción, recuerda que éstos son tiempos de caos y caminos intransitables. También te encargo que dejes instrucciones en el rancho para cuando yo regrese, le pides cuentas al administrador y le dices que estaré ahí dentro de dos semanas máximo. Me escribes a casa en cuanto llegues a la Ciudad de México. Espero alcanzarte allá en cuanto pueda. Me saludas al Padre Mier y a don Valentín, si tienes oportunidad de verlos, y desde luego a Guadalupe Victoria y dile que le pagaremos el favor con todo lo que esté a nuestro alcance.
Diles a mis padres que no tardaré en llegar, dale un beso a mamá Chío de mi parte.
Recibe un beso y un abrazo de tu Jerónimo.
PS: no se te vayan a olvidar los regalos para mis padres.
Xico, Veracruz 8 de diciembre de 1822
Querida Amiga:
Me encuentro sentada sobre una piedra contemplando el húmedo paisaje. La gran cascada de Xico se encuentra justo enfrente de mí, tan cerca, que la brisa de su llanto me acaricia el rostro con suave frescor ¡Cómo me encantaría que vinieras a visitarme! Xico es un lugar mágico, todo rodeado de bosque tropical. Se oyen los cantos de las aves día y noche. En los jardines reinan las mariposas, y en la tarde la gente sale a pasear a la plaza tras el calor del mediodía. La cascada que te digo, cae muy cerca del centro y forma un riachuelo rodeado de árboles que le da la vuelta al pueblo. Para bajar al río hay que cruzar un puentecito de piedra tapizado de mariposas azules y lilas. Estoy segura de que este lugar te encantaría. Sabes, me sentiría menos sola si vinieras al menos un par de días ¿De qué sirve que esté en este lugar tan bonito, si Antonio no me deja salir? No sé en qué estaba pensando cuando le pedí que me llevara con él hasta acá; todo a espaldas de mis hermanos y con el peligro de que algún día me encuentren los del ejército. Debí haberme ido a casa de mis tíos desde un buen principio. Antonio sólo me trajo aquí para que le siguiera como perrito faldero. Nuestro plan inicial era quedarnos en Xalapa, pero sólo estuvimos ahí un par de días porque Antonio fue llamado a Veracruz para discurrir otra campaña que libere al fuerte de Ulúa, ocupado por los gachupines. Rotundo fracaso, a los tres días ya íbamos de regreso a Xalapa. Cuando faltaba solamente una hora de camino, Antonio le ordenó al cochero que desviara el rumbo hacia “El Encero”, una hacienda que él conocía muy bien. Vamos a estar muy bien ahí, me dijo, tendremos el lugar sólo para nosotros dos. Menos mal, pensé, después de tanto ajetreo ya tocaba que me tuviera un poco de consideración. Pero la mala suerte nos sorprendió al parar frente al portón de la hacienda; el dueño se negó a recibirnos, nos habíamos desviado de balde. Antonio, quien de por sí no venía nada contento con el resultado de su última campaña, se encolerizó y poco le falto para arremeter contra el ranchero que no nos permitía el paso.
De vuelta en el camino hacia Xalapa, Antonio se quejaba a sonoras voces echando pestes de Iturbide, Echevarri y todos los que según él le hacían la vida imposible. Refunfuñaba por cada tumbo que daba la litera, le reclamaba cada bache al cochero golpeando el techo con su bastón. No seas tan sentido con el asunto, trate de tranquilizarlo, tal vez como llegamos de improviso, el hacendado no tenía lugar para nosotros. No seas tonta, me respondió con dureza, esto un arreglo de Echevarri en su obsesión por pisotearme, de seguro le contará el chistecito a Iturbide.
Siguió quedándose el resto del camino. Preferí ya no decirle nada, pues cuando Antonio está de malas, lo mejor es esperar a que cambie de humor por si solo. Ya estábamos por entrar a Xalapa, cuando Antonio, quien por fin salió de sus quejas, se le pasó por la cabeza que tenía que pasar lista de tropas en la brigada y recibir al coronel Rincón para un informe ¡Ugh! tengo tantas ganas de escuchar las quejas de ese imbécil como de pescar la escarlatina ¡Cochero! llamó dando bastonazos en el techo ¡Cambie el rumbo por dónde veníamos y llévenos a Xico por el camino poniente! Intenté objetar pero Antonio me lanzó una mirada de pistola y ya no dije nada. Ahí íbamos de nuevo, tres horas de regreso por el camino real y cuatro más en el camino poniente. Naturalmente, no llegamos a Xico el mismo día, pasamos la noche en una venta. Llegué al hostal hecha una piltrafa, ni siquiera cené, me di un baño y me metí en la cama; en realidad dormí muy poco aquella noche. Lo que sigue a continuación no se lo vallas a contar a nadie, son cosas que ni a mi prima Leonor le confío. Como a las dos de la mañana regresó Antonio de cenar y me despertó, según él porque estaba ocupando toda la cama y no había lugar para él. Me hice a un lado sin decir nada. Oí sus botas azotarse contra el piso y supuse que seguía enfadado así que intenté volverme a dormir rápido. De repente, sentí una mano posarse sobre mi nalga izquierda y la otra buscando el vuelo de mi camisón por debajo de las sábanas. Ahora no, Antonio, estoy muy cansada, mejor ya duérmete. Me alejé hasta el otro extremo de la cama para que me dejara en paz, pero él se río y se arrimó hacia mi lado, tomándome la cintura con un brazo para jalarme hacia él. Antonio, hablo en serio, ahora no, le dije empezando a molestarme. Está bien, me respondió sin hacer mucho caso, ya me voy a dormir, pero al menos dame las buenas noches. Creyendo que ya me iba a dejar en paz, me volteé hacia su lado para darle un beso en la mejilla ¡Trampa! era justamente lo que él estaba esperando; me atrajo hacia él de un jalón, estrechándome la cintura con fuerza. Prácticamente se me echó encima; me empezó a chupar el cuello, y sus manos se paseaban con furor por debajo de mi camisón hasta llegar a mi entrepierna. Como mis quejas eran inútiles decidí quedarme como piedra y hacerme la dormida. Cuando trató de abrirme las piernas, las crucé con fuerza; después de varios forcejeos, Antonio se exasperó. Si no me quieres aquí, me iré a buscar a otra compañera, total aquí hay muchas prietitas de dónde escoger. Adelante, le respondí con sorna. Antonio hizo un brusco ademán de levantarse de la cama, caminó hacia la puerta y la azotó al salir. No tardó ni cinco minutos en regresar. Se quedó dormidote, tomando mis pechos como almohada; para colmo roncó toda la noche.
¡Ah, cómo extraño el lecho de mi alcoba! las noches frescas de la Ciudad de México. Aquí en Xico difícilmente puedo conciliar el sueño porque Antonio siempre viene a apoltronarse encima de mí ¡Con el calor que hace! Y debido a la humedad se pegan unos bichos horribles al tul del dosel. Le he pedido Antonio que me deje dormir sola de vez en cuando, además el dueño de la casa nos dio habitaciones separadas, pero él no quiere acceder, se enoja cada vez que se lo comento. Su carácter es muy voluble, cuando no está enojado, se vuelve muy encimoso y cuando está que arde de rabia, se encierra en su cuarto y no quiere ver a nadie. Por el día nunca está, sólo lo veo en la noche. Salimos juntos sólo cuando lo invitan a cenar sus conocidos. A mí no me deja salir sola por lo mismo de que me buscan los del ejército, siempre me escolta alguien de confianza. Ahora que estoy escribiéndote al pie de la cascada, lamentablemente no cuento sólo con la compañía de las mariposas, mi escolta debe estar vigilándome a moderada distancia, no lo veo, pero ahí está, como ángel de la guarda. Después me acompañará al correo a depositar esta carta y más tarde me llevará de regreso al hospedaje. Estoy segura que al final del día le pasará un reporte de todo mi itinerario a Antonio. Mi muy ingenuo brigadier piensa que no me doy cuenta, y para disimular siempre me pregunta que hice durante su ausencia ¿Me preguntará también a mí para comprobar la versión de la escolta? ¡Con lo celoso que es Antonio! Me pide que le narre los más ínfimos detalles para asegurarse de que no lo engaño con nadie ¡Es que eres diablo de coqueta! me dice, siempre que no estoy aprovechas para salir, si no fuera por el oficial que te escolta, quien sabe a quien te irías a buscar ¡Hazme el favor, Marinita! ¡Es un acoso inaguantable! ¿Qué vine a hacer aquí? ¿A qué me traiga como perrito faldero? Si para recibir órdenes se trata, prefiero irme con mis tíos ó con mis hermanos. No soy capaz de aguantar aquí mucho tiempo, al terminar el mes me voy a Córdoba a buscar a Luís o a Damián. Ya le dije a Antonio que no puedo quedarme mucho tiempo en Xico o van a empezar a sospechar que me estoy escondiendo. Espero que todo este asunto acabe pronto para que pueda regresar a la capital y verte algún día.
Te mando un caluroso saludo
Ada
Córdoba, Veracruz, 1824 23/04/07
Querida doña Ada:
Me siento muy desdichada por la repentina decisión de Jerónimo. Por lo veo Usted ya me ganó la batalla por el corazón de mi amado y ya no puedo hacer nada al respecto. Ya temía perder a mi prometido desde que la vi por primera vez. Cuando Jerónimo nos presentó, por el modo en que se dirigía a Usted, empecé a sospechar que en su relación había algo más que la natural simpatía entre primos. Además, la pasada cancelación de su compromiso matrimonial, se prestaba a que Usted tratara de robarme a mi Jerónimo. Mis sospechas aumentaron rápidamente al observar ciertos cambios en el cariño de él. Él siempre hablaba de Usted, de que debíamos invitarla a Córdoba o ir a visitarla a la Ciudad de México, de que el rompimiento de su noviazgo con ese tal marqués de no se que debió haber sido muy duro, de que si se sentía Usted sola. Jerónimo quería que usted y yo nos hiciéramos amigas, ya que en el fondo éramos primas. Lo mismo les dijo a mis tíos. Pobre Jerónimo, por más que trataba de disimular sus verdaderos sentimientos hacia Usted, todos empezamos a sospechar de esos continuas idas a la capital y de su cambio de carácter. Cada vez que alguien la mencionaba a Usted, le saltaba el ánimo como a un niño, y abstraía cualquier conversación en hablar de Usted como endiosado. Nunca perdonaré la actitud de Jerónimo, yo no era la única que me daba cuenta de sus deslices, todo nuestro círculo social empezaba a figurarse de que nuestro compromiso estaba pasando por una crisis. Reconozco que hice mal en tratar de ignorar la situación, pero nunca pensé que Jerónimo fuera capaz de anular un compromiso que ya estaba decidido desde que éramos pequeños. Lo peor aconteció la noche pasada; mis padres y yo fuímos a la casa de mis tíos para seguir planeando los preparativos de la boda. Como de costumbre, Jerónimo empezó a hablar de Usted olvidando por completo el asunto de nuestra boda y esta vez, en frente del excelentísimo abate del convento de las Teresitas, encargado de nuestra ceremonia. Por supuesto hizo enojar a mi tío que le llamó la atención. Todos le hablamos de nuestras sospechas hasta que Jerónimo estalló encolerizado y sin importarle mis sentimientos y el cariño que siempre le han profetizado mis padres, confesó todo a gritos. Que desistía de nuestro matrimonio, que Usted sería la única mujer con la que él uniría su destino. Dicho esto salió del comedor dando un portazo. Todo mundo se quedó estupefacto, y yo, sin palabras, no pude contener las lágrimas. El resto de la merienda se convirtió en un suplicio, mi padre furioso exigía explicaciones, mi tío no sabía ni que decir, conforme su discusión fue subiendo de tono mi llanto se acrecentaba a torrentes. Entre mi madre, mi tía y el abate intentaron consolarme, pero fui sorda a sus palabras. Lo mismo durante estos días mi madre me dice que no todo está perdido y que mis tíos conseguirán entrar en razón a Jerónimo; no son más que mentiras piadosas, ya no creo nada de lo que me dice, pues ahora me queda más que clara la necedad de Jerónimo. Siempre ha sido así, un necio que hace lo que le viene en gana. Prima, usted no tiene idea de la humillación que sufrí. Las palabras de Jerónimo atormentan mi sueño cada noche, cada una es como un filoso estilete que se me clava en el corazón y en la honra. Sé de sobra que Jerónimo ya no me ama, que ni si quiera le importo, y todo por culpa de Usted. Jamás seré dueña de sus encantos, de ese rostro pálido y negros ojos. La extroversión y la extravagancia de sus modos son propios de una doncella citadina; ustedes las mujeres de ciudad tienen más contacto con los extranjeros y las modas europeas. Aquí en provincia, las muchachas nos distinguimos por nuestra sencillez y la sumisión a nuestras obligaciones para con la familia. No leemos esas novelitas francesas que sólo llenan la cabeza de humo, preferimos emplear el tiempo en otras cosas de provecho. Por eso ninguna de nosotras encaja en las excentricidades de la capital. El carácter de Jerónimo siempre ha sido muy inquieto, ávido de experiencias nuevas; tal vez sea por eso que la haya preferido a Usted. Sin embargo, recuerde que para los hombres del campo las mujeres de la ciudad son como los postres exóticos; tentadores al principio por la misma gracia de su rareza, pero que al final empalagan y resultan indigestos. Recuerde que toda pasión se enfría tan rápido como se calienta; ni la mujer más bella del mundo es la excepción. No le guardo rencor, señorita Malvina, ni le deseo mal alguno a pesar del sufrimiento que me atormenta. Pero me gustaría que reflexionara bien su relación con Jerónimo antes de dejarse llevar por arrebatos desmedidos. ¿Tendrá Usted verdaderos motivos para casarse? Mi tío Felipe le negará la herencia a Jerónimo si el desase nuestro compromiso. Sin ella él no tiene ningún bien material. Mis tíos no quieren saber nada de Usted, usted jamás será aceptada en su círculo. Jerónimo está dispuesto a dejarlo todo por Usted, siempre toma las decisiones sin pensar en las consecuencias. Pero yo lo conozco, sé que después se arrepentirá de su error y tratará de reconciliarse con sus padres de alguna manera, ya lo ha hecho varias veces. Usted no ha sido la primera, ni será la última, a Usted le consta. A pesar de nuestras diferencias, considero que Usted es una mujer inteligente y habiendo tenido tantos amoríos ya conocerá de sobra a los hombres, estoy segura de que no querrá arruinar el resto de su vida.
Con todo mi aprecio
Mª Lorena Castiñón de Leza
PS: Después de esta carta lo más probable es que no vuelva a saber de mí, mis padres piensan enviarme a España.
Ciudad de México 20 de octubre de 1836
Querida doña Ada:
Tuve la mala fortuna de enterarme de la desaparición de tu esposo en San Jacinto. Lo siento tanto por don Jerónimo, era un hombre tan correcto, aunque, por lo que veo, todavía se dejaba llevar por ímpetus demasiado juveniles, ¿Cómo se le ocurre participar voluntariamente en una guerra sin una carrera militar? y sobre todo teniendo una familia que mantener. Apuesto a que fue ese dicharachero de Santa Anna, el que le metió esas ideas absurdas sobre la soberanía nacional. ¿Cómo puedes considerarle amistad a ese hombre después de todos los males que le ha hecho? Primero, cuando usted lo conoció: el supuesto amor que le juró y le perjuró y sus falsas promesas de matrimonio, cuando todo mundo sabía de su idilio con la hermana de Iturbide a la que siempre persiguió por interés. Ahora con esta ridícula guerra, acarreó al pobre de don Julían a la perdición, sin pensar en usted y en el pobre niño que trajeron al mundo. En fin, cada quien es arquitecto de su propio destino. No le escribo para reprocharle los errores del pasado, le escribo porque tu penosa situación me tiene muy acongojado, querida Ada. Yo te amé una vez, como nunca te imaginaste, y ansiaba tanto casarme contigo. Viví en ese tierno encantamiento hasta que me di cuenta de que nunca fui correspondido. Acepto que te traté mal en ese entonces y que descargue sobre ti todo mi desprecio, Ada, pero fue porque en el fondo me pudría la amargura del desamor. Nunca me amaste, siempre me trataste con hartazgo e indiferencia, mientras me torturabas con arrumacos y coqueteos. Ya hace más de diez años de eso, pero debo admitir que todo aquel que se da el gusto de quererte una vez es incapaz de olvidarte. Yo en especial, que una vez te pretendí y fui tu prometido, me es imposible apartarte para siempre de mi corazón. Ya han pasado más de diez años y como sabes yo tomé por mi lado. Tengo una esposa cariñosa y responsable que me trajo al mundo dos hermosos retoños. Mas ni mi mujer ni mis hijos me abstraen de pensar en ti. Decir que todavía creo amarte, es mucho. Esta tarde te vi pasar por el Portal de Mercaderes. Para ser una mujer casada lucías espléndida, con un vestido de tafetán lila a juego con el sombrero y cubierta con un chal. Aún conservas el bello porte que siempre te ha caracterizado desde tus años mozos. Sin embargo, bajo esa armonía de apariencia noté un semblante tristísimo de angustia; tu andar era rápido y ni siquiera me atreví a dirigirte la palabra. Algo me detenía, tal vez el presentimiento de que me tratarías con desdén. Tu criada pareció darse cuenta de que yo te observaba, ¿No te comentó algo?
Estoy seguro de que estas líneas te han tomado por sorpresa, mientras las escribo me divierte imaginar tu rostro viajando de la sorpresa a la incredulidad. Pero el motivo de mi billete no es el que te imaginas. Es cierto que quedé resentido con el resultado de mis esfuerzos para contigo, pero ya ha pasado mucho tiempo y mi rencor se esfumó tan pronto como los hados de la fortuna volvieron a sonreírme con mi virtuosa familia. Ambos ya tenemos hechas nuestras vidas; no te imagines que te escribo con la idea de perturbarte. El motivo de la presente es para ofrecerte mi apoyo incondicional en esta mala situación. Tengo conocidos en Estados Unidos que podrían rastrear a don Jerónimo, encontrarlo vivo o muerto. Estoy dispuesto a salvarte de una amarga viudez que a tu edad y belleza no le corresponderían. Quiero proponerte este asunto en privado, te propongo que nos citemos en la chocolatería de Tacuba mañana al medio día, el dueño me conoce y nos reservará un espacio privado y discreto. Si aceptas, te pido que me lo hagas saber por medio de otro billete. Considerarás que no tienes a nadie más a quien acudir.
Sinceramente tuyo
Julían Dávila del Toro
PS: Ni Gómez Farías ni ninguno de los monigotes del gobierno estarían dispuestos a meter las manos al fuego por usted.
Ciudad de México 21 de julio de 1825
Vinita preciosa:
Cuanto me alegra haber recibido tu carta. Por lo que me cuentas, parece que ya estás empezando a recuperarte de la terrible pérdida de tu criatura ¡Qué buena idea la de Jerónimo de llevarte a Campeche! Tan bonito que es ¡y la selva ni se diga! ¡Qué bárbaros! No cabe duda que Jerónimo es un hombre ejemplar ¡Cómo te adora! Es capaz de hacer lo imposible con tal de tenerte contenta. De seguro ahorita debes estar en un baño caliente ¿Cómo dices que le llaman los indios? ¿Temazal? ¿Tespascal? Tan bien que te hace a la salud. Yo estoy aquí enfrentando un montón de problemas con mis obras. Los editores me exigen cantidades exorbitantes de dinero y tienen mucho reparo en publicar mis poemas. En la Academia de San Juan de Letrán ni siquiera se toman la molestia de leerlos. Don Guillermo ha prometido ayudarme. ¡Haber si es cierto! No se preocupe, me dice prometo hacer todo lo que esté a mi alcance con tal de que la dejen entrar a la Academia ¡No faltaba más! Siendo usted hija de un gran insurgente. Si no fuera por mi padre estaría realmente perdida. Cambiando de tema, todos aquí en la ciudad me preguntan mucho por ti, qué adónde han ido los Quintero, que cuándo van a volver al Teatro Principal. Todo mundo está ansioso por volverte a ver en escena. Les he dicho que todo será a su debido tiempo, que ustedes decidirán cuando volverán a la capital. La muerte de un hijo es imposible de superar. Papá también ha preguntado mucho por ti. Dice que si tienes algún problema él está a tu disposición ¡Eres el vivo diablo, Vinita! Ya hasta mi papá te ofrece sus servicios. Debería hacer lo mismo conmigo, pero él siempre me dice que me dedique a mi matrimonio. ¡Claro! Yo no puedo ni quejarme de ti porque luego luego te defiende. Por cierto, hablando de admiradores, don Antonio frecuenta su casa casi diario, y ambos se echan coloquios de horas enteras. Cuando Alfredo y yo vamos a visitar a papá, escucho sus conversaciones ha escondidas mientras les preparo café. A parte de política el tema de conversación siempre son tú y Jerónimo. Si deciden volver a la farándula del teatro cuentan con muchísimo apoyo. Yo también quiero que vuelvas, tienes un gran talento y deberías aprovechar las oportunidades ¡Brincos diera yo por tener ese apoyo! Además no puedes quedarte en el luto para siempre. Admítelo Ada, ni tu ni yo nacimos para ser amas de casa ni madres de familia, somos mujeres de la bohemia, sé que tú si quieres tener hijos, pero y digo que ya Dios te los hará en un momento adecuado. Ahora necesitas volver a lo tuyo y tienes que hacerlo, de lo contrario nunca superarás tu pérdida. Verás que cuando vuelvas a lo que realmente ha sido tu vida, las cosas irán mejor y tus deseos de ser madre se cumplirán cuando menos te lo esperes. Te acordarás de mi cuando Dios te traiga al mundo una nueva criatura de la que tú y Jerónimo se sentirán orgullosos.
Con mucho cariño
Marina Antonia Velarde
Ciudad de México 4 de mayo de 1833
Estimado Ciudadano Presidente Gral. Antonio López de Santa Anna:
Quizá esta carta le tome por sorpresa, pues hace cierto tiempo que no intercambiábamos correspondencia.
No me explico porque, de repente, dejamos de escribirnos si se supone que al final quedamos en buenos términos. Quizás sea su nuevo puesto lo que le tiene tan ocupado. De seguro Usted ahora sólo se codea con los grandes apelativos de la ciudad y es por eso que ya no tiene tiempo para mí. Debo decir general que me incomoda sobremanera no poder tutearle como siempre lo había hecho ¿Aún conserva mis antiguas cartas? Aunque Usted no lo crea, yo aún conservo las vuestras. No porque lamente que nuestra relación haya sido esporádica, sino porque debo admitir que siento, a veces cierta nostalgia de verle. No quiero que malinterprete, yo amo a mi esposo y no me arrepiento en lo absoluto de mi matrimonio. No le insinúo amores. A pesar de mi sufrimiento, Dios me ha concedido una dicha; al fin tuve una criatura, como Usted supo, y tanto Jerónimo como yo, nos regocijamos en verle crecer ¿Qué me puede decir Usted de su familia? ¿Cómo se encuentra Doña Inés? Envíele respetos de mi parte. Mis esposo también envía los suyos a mi querido General. Bien, ya basta de formalidades, ahora iré al verdadero motivo de mi carta. Resulta que le escribo porque me gustaría que me concediera un momento de su áureo tiempo para charlar. Tengo un negocio que proponerle; concierne a mi marido, sabe. Un asunto de trabajo que nos involucra a ambos. Además, como ya le he dicho, me gustaría volver a retomar nuestra correspondencia. Aprovecho también la presente para felicitarlo por su victoria en la campaña política. No crea que la política me sea completamente incomprensible. Sé que todo se debe a su innato talento para las relaciones públicas. Admiro ese talento, Antonio, me retracto de las frías palabras con lo que lo juzgaba hace algunos años. Recuerdo cuando era apenas un teniente coronel, nos vimos sólo una vez en la hacienda de Arredondo, pero no nos conocíamos. Cuando Iturbide, es cuando de verdad empezamos a relacionarnos. Usted era apenas un general brigadier. Después general de división en tiempos de Victoria. Ahora, Usted se encuentra en el mando supremo. Todo en un periodo que apenas y supera a una década.
No escribo más Antonio, prefiero verle en persona. Espero que podamos encontrarnos en la ciudad, aunque, por lo que he oído, Usted prefiere permanecer en Manga de Clavo. En fin, espero con ansia vuestra respuesta.
Sinceramente suya
Ada Malvina Amanti de Quintero (Sra.)
Ciudad de México 5 de mayo de 1833
Queridísima Doña Ada:
Vuestra carta ha sido una grata sorpresa para mí. Un momento de respiro entre mis arduas y tediosas obligaciones de mandatario. Usted ha oído bien; aún siendo presidente, yo prefiero mil veces mi acogedora hacienda en medio del campo que el lúgubre Palacio Nacional, tan frío y sombrío como las criptas del cementerio. Y siempre preferiré Xalapa a la Ciudad de México. Sin ofender, no soporto permanecer mucho tiempo en la capital ni tampoco la presión de la vida citadina. Me molesta la frialdad de la gente y al mismo tiempo su costumbre de meter las narices en asuntos ajenos e inventarse habladurías mordaces contra las figuras públicas. Las calles despiden olores bastante fuertes para las narices de un hombre provinciano. Sin embargo, déjeme decirle que existen pocas cosas en México que me hacen sentir a gusto. Primero, las corridas de toros, y los palenques. Segundo, las cantinas y los refinados restaurantes estilo europeo. Y Tercero, nuestra amistad, mi querida señora. Es cierto, yo también añoro nuestro antiguo trato. No obstante, desde nuestros respectivos matrimonios, tenemos el deber moral de tratarnos con más respeto. Me es imposible dirigirme a Usted de la misma forma de hace diez años. De ser una mocilla caprichuda y empingorotada se ha convertido en una noble señora y madre. Permítame informarle que don Jerónimo es muy envidiado dentro de mi círculo de amistades. Usted me pregunta sobre mi familia ¿Qué podré decirle? No gran cosa. Mi esposa no es amante de la vida pública. El hecho de ser Primera Dama no le ilusiona en lo absoluto. A Inés no le gusta para nada la ciudad y odia las recepciones de gobierno. Ella, al igual que mis hijas, siempre ha sido mujer de pueblo. No cambiaría Manga de Clavo ni por lo mejores palacios de Tacubaya. Mis hijas sí sueñan con venir a México pero deben quedarse junto a su madre, pues se encuentra ella indispuesta. Está esperando otra criatura. Ha sido el parto más complicado que ha tenido. Pido a la Divina Providencia de que está vez resulte un varón. Por ahora sólo soy padre de dos nenas, Guadalupe y Carmela. Lupe tiene seis años y Carmela dos años menos. Vuestro niño se llama Víctor, sino mal recuerdo. Un verdadero pingo ¿Ha cumplido ya los nueve? Cómo me acuerdo de cuando lo trajeron a Manga de Clavo hace cinco años. Deberían volverlo a traer para que conozca a las niñas. Podría haber una posibilidad de afianzar un compromiso ¿No le parece?
Como podrá ver en el remitente, ahora me encuentro en la Ciudad de México ¡Por supuesto que consideraré su proposición! Querida Ada, ya sabe que nada me regocija más que verla. No obstante, debido a mis obligaciones, me es imposible visitarla. Pero con mucho gusto la recibiré en mi despacho ó si prefiere, en la noche podríamos citarnos en algún restaurante. Tengo suma curiosidad en el negocio que Usted desea proponerme. Concierne a su marido ¿cierto? ¿Acaso se trata de una puesta dramática? ¡Cómo me encantaría verla de nuevo en escena! Especialmente en en la obra de “Salomé”, si deciden montarla de nuevo, estoy dispuesto a ofrecerles el escenario del Teatro Principal, Ó ¿Acaso de un nuevo espectáculo? Podrían ponerla en cualquier otro teatro. Siempre y cuando tenga yo reservado el placo presidencial. Señora, Usted lo sabe, puede pedirme el favor que Ud. Quiera, siempre y cuando podamos llegar a un acuerdo. Aunque hace mucho tiempo que no intercambiamos cartas, yo a Usted la sigo considerando una amiga íntima y no deseo perder vuestra amistad. Hace tiempo, cuando éramos mucho más jóvenes, yo apenas un oficial y Ud. Una moza, mantuvimos una relación íntima que duró algún tiempo. Debo admitirlo, llegué a contemplar la posibilidad de casarme con Ud. Pero Dios lo tenía previsto, nada de esto estaba señalado en nuestro destino. Aún así, no olvide, Fanny, como solía llamarla en aquel entonces, que nuestra amistad prevalecerá.
Envíeme otro billete para formalizar nuestra cita ¿Asistirá su esposo? Hágamelo saber. Envíele un cordial saludo de mi parte.
Me despido besando su mano
Atentamente
Gral. Antonio López de Santa Anna
PS: Se equivoca al pensar que ya no le escribía sólo por llevarme ahora con la gente de renombre. Si no la frecuenté fue más bien por las cuestiones de campaña y no por otra cosa. Detesto a la gente que se creé de alta alcurnia. Prefiero vuestra amistad a aguantar las zalamerías de pisaverdes.
3/10/06
Ciudad de México 5 de junio de 1822
Tía Caritas:
Últimamente la ciudad ha sido un caos debido al pronunciamiento del general Iturbide. Como ya habrás escuchado, el señor fue proclamado emperador de la nueva nación. ¡Hubieras visto la revuelta que se armó hace dos semanas! Tuvieron que atracar las puertas de la casa para que no entraran los léperos que siempre se aprovechan de la situación para saquear las casas y abusar de las mujeres. Las muchachas nos encerramos a cal y canto en el segundo piso, y hasta pensamos en sacar las pistolas de don Julián, el difunto esposo de doña Lola, por si se metía alguien. Como el Congreso cedió a la presión, la turba se calmó ya pasada la noche y afortunadamente pudimos dormir tranquilas; sin embargo, por si las dudas, doña Lola contrato a unos señores para que montaran guardia en el portón. Gracias a Dios, no los hemos necesitado mucho, pero de todas maneras se quedaran de planta por si arma otro san quintín. Ya hasta han hecho migas con las tres “Gracias”, es decir, Pita, Romina y Jacinta las criadas de nuestra arrendadora.
Por desgracia el pronunciamiento militar no terminó ahí ¡no te imaginas lo que aconteció ayer!
Doña Lola es amiga de varios seguidores de Iturbide y cómo la revuelta fue todo un éxito, no han cesado de venir a las tertulias que se organizan a menudo. Vienen de todo, diputados, militares, artistas, doctores, hasta prelados he visto por aquí. Como la jugada les resultó, ahora celebran a rienda suelta sin reparar en los saqueos que sufrieron casas y negocios. Ayer, la casa estaba a reventar porque a Doña Lola le dio por organizar un sarao y en la fiesta echamos la casa por la ventana, como quien dice. Las muchachas no conciliaron el sueño hasta pasadas las tres. Las “Gracias” acabaron con un humor de los mil diablos por correr borrachos y limpiar todo al día siguiente. Yo me quedé un rato en la fiesta pero cuando los caballeros empezaron a sobrepasarse me retiré luego luego. Nomás fui a la cocina por mi chocolate y me subí a la alcoba para practicar unos acordes con mi mandolina. No pasaría más de una hora cuando llega Jesusa, la más joven de nosotras, a tocarme la puerta.- Vina, hay un tal mariscal de Castilla que pregunta por ti.- Bajé a regañadientes; estaba cansada y más para recibir a ese viejo lisonjero.
Apenas y se podía andar por el salón con tanta gente. Distinguí al mariscal en una mesa con otros oficiales desconocidos.- Hasta que te apareces querida Vinita- Me saludó radiante; de seguro lo acababan de ascender. Tenía tantas condecoraciones que me cegaba, al reflejarse en ellas, la luz de los candiles.- Cada estás más guapa.- me dijo admirando mi vestido bordado de florecillas. Me presentó a los demás como si me conociera desde hace muchos años, cuando en realidad sólo nos hemos visto un par de ocasiones. De los militares que le acompañaban, me llamó la atención un coronel Santa Anna que fue el primero en ofrecerme su asiento.- Usted es de Veracruz ¿no es cierto? – Le reconocí el acento - Soy de Xalapa.- me dijo devolviéndome una mirada perspicaz- ¿Usted es cordobesa? Tengo la sensación de haberla visto antes. Le respondí que había vivido en Córdoba muchos años, pero en realidad era oriunda de México. Cuando le pregunte que le parecía la capital me respondió que no en vano la habían nombrado la “Ciudad de los Palacios”. De enfrascarme en su conversación, olvidaba preguntarles a los caballeros cual era el motivo de su visita. El mariscal tomó aire como si fuera a decir un gran discurso- El honorable sargento Marcha, aquí presente.- se refería al único mal encarado que me echaba una mirada de mosquete.- Trae para usted una cortesía del ahora proclamado emperador de México, el general Don Agustín de Iturbide, héroe consumador de nuestra Independencia. Tiene el agrado de informarle que Ud. Acaba de ser nombrada Dama de Honor de Doña Ana Huarte de Iturbide.
Me blandió una carta con sello y firma. Al principio no lo podía creer y emití una risilla estúpida por si trataban de ilusionarme en vano, pero al leerla salí de toda duda; en efecto era una cortesía dirigida a mi persona y firmada por el mismo general Iturbide. Las muchachas armaron una algarabía y se pasaron la carta de mano en mano. Doña Lola salió a darme besos. Fue tal, que varios curiosos se acercaron a nuestra mesa. La apatía del principio se me pasó de volada y me quedé bailando hasta tarde. Aparte me desvelé por releer la participación en mi cuarto.
Los próximos días voy a estar ocupada con un propedéutico de etiqueta y protocolo de la corte. Ojala y pudieran venir a verme en la coronación. Si mi tío no quiere puedes pedirle a Leonor; y que venga con Esteban y su hijita que los quiero conocer. Como siempre, don Julián les manda saludos y un regalito para mi tío; dice que si se deciden a venir a México el puede recibirlos en su casa.
Besos de tu sobrina Ada Malvina
Ciudad de México 8 de agosto de 1822
Querida Leonor:
¿Cómo sigue la tía Caritas? No sabes como me encantaría ir a visitarlos a Córdoba, pero con mis deberes de dama apenas y puedo salir del palacio. ¿Te hubiera gustado ser dama? ¡Ay mujer! Pues déjame decirte que no te pierdes de mucho. Todo lo que hacemos es escoltar a la emperatriz a todo lugar al que vaya, ya sea al jardín o el servicio. No podemos despegarnos de ella a menos de que nos lo ordene. Parecemos sus gatas, le hacemos de todo, perfumistas, peinadoras, camareras y a veces hasta tenemos que cuidar de su numerosa prole, un montón de imberbes impertinentes que siempre arman escándalo y rompen todo lo que ven a su paso. Más todo eso, tenemos que seguir al pie de letra el protocolo, que no nos deja ni respirar. Por ejemplo, ¿Sabías que tenemos que permanecer de pie mientras la emperatriz toma su baño? Así de absurdo como ves; tenemos que permanecer paraditas, como esclavas, por tres horas, que es el tiempo en que la emperatriz tarda en arreglarse, pero eso no es todo; lo que más detesto es que el protocolo nos dicta hasta cómo debemos vestir. Como la mayoría en la corte, doña Ana tiene gustos muy europeos. Nos hace vestir de encaje y peinar de caireles tanto para ceremonias oficiales como para cualquier evento público. Ya vayamos al teatro ó a la ópera, siempre tenemos que ir peinadas y vestidas del mismo modo. A las aristócratas les encanta lucir como muñequitas francesas, pero a mi amiga Malena y a mí nos aburre en lo absoluto. Male toda vía lo soporta, pero a mí me fastidia. Tú sabes cómo odio los caireles porque me hacen parecer una niña boba; sabes que prefiero los vestidos más tradicionales porque soy mexicana de hueso colorado. Me importa un comino lo que piensen las señoras de la corte, cuando puedo siempre ando luciendo mis trenzas con listones, mis rebozos de Santa María y mis joyas de plata. Como aquí en México llega ropa de todas partes, ya tengo deshilados de Zacatecas, mantillas, botines de Guadalajara y bordados de Puebla. Ah, y hablando de regalos, recibí el suyo. Mucha gracias por el crucifijo, está divino, ese cristal de Murano me fascina por sus colores. Aquí también me mimaron mucho por mi santo. Recibí montones de obsequios que me dieron las damas y caballeros de la corte. Con decirte que hasta el mismísimo don Agustín me dio. Una bagatela, según él, que consistía en un prendedor de esmeraldas que hace resaltar mis ojos, no te estoy inventando nada que así fue como me dijo. Lo malo es que nadie logró atinarle a mis gustos folklóricos, salvo Malena que me regaló un espejo pintado a mano.
Por cierto, ¿Sabes que don Julián ni siquiera se dignó a felicitarme? Últimamente ha estado enfadado conmigo. Me dijo que desde que entré en la corte me volví una interesada sin escrúpulos, y que no me tomaba en serio nuestro compromiso ni su cariño. La verdad es que está celosísimo de mis amistades; no se si le cuentan chismes, pero el otro día que le reclamé su desafecto en el día de mi santo, me salió con que es inaceptable mi amistad con el emperador. Dice que me da tratos de querida y que se rumorea mucho sobre ciertos deslices. Ve tú a saber de dónde lo sacó, pero son mentiras. El emperador sólo me estima como amiga y es natural que me agasaje por mi santo. Además, el tonto del Conde Ávila no se da cuenta de las verdaderas insinuaciones que me hacen otros. Es más te voy a contar un secreto que ni se te ocurra decírselo a mis tíos; si se enteran son capaces de regresarme a Córdoba y armar un escándalo.
¿Te acuerdas de ese oficial jalapeño del que te conté que conocí en la casa de doña Lola? Sí, el brigadier Santa Anna. Me lo encuentro seguido en palacio y hemos charlado un par de ocasiones. Tú me conoces y sabes como me gusta cotorrearles a los hombres, pero creo que esta vez se me pasó la mano. Pasados ya unos días de mi santo, se presentó en mi habitación con un regalo: un hermosísimo rebozo bordado con flores. Me embarazó y trate de rechazarlo (imagínate si se hubiera enterado don Julián) pero el hombre insistió en que sólo era un cumplido en plan de amistad. La semana pasada me llevó a Coyoacán, ese pueblito que está al sur de la ciudad. En vez de ir en carricoche quiso llevarme en su caballo. Me las arreglé para que don Julián no sospechase, le inventé que iba a asistir a una misa de funeral de una amiga y lo mismo dejé dicho en palacio. Al brigadier lo cité discretamente en un merendero. Fueron más de tres horas de camino y hubo que atravesar el bosque de Chapultepec. Si vieras que es precioso, pero no es igual ir de día de campo con la corte que aventurarse sola con un hombre al que apenas se conoce. ¿Cómo fui capaz de aceptar y más estando comprometida?. No te imaginas que mañosos son los militares. En vez de seguir el camino se internó en el bosque para hacer más tiempo. Cabalgaba como alma que lleva el diablo y el alazán daba tales brincos que si no me aferraba de su cintura, me caía de la silla. Fue muy ingenuo de don Antonio pensar que no me daría de sus apaños, pese a mi edad, no tengo un pelo de cándida y me las sé de todas todas. Regresamos ya noche al palacio y el brigadier me acompañó hasta mi alcoba. Lo despedí en la puerta y le agradecí por el paseo. Con autentico descaro, y sin importarle mi compromiso el hombre se me insinuó - Señorita Ada ¿Qué no se piensa despedir de mí?- Me quedé muda por su atrevimiento, ¿Qué tal si había alguien espiando?, pero el corredor estaba vació y oscuro, entonces decidí darle una lección. Con toda precisión y conteniendo la risa, me acerqué haciéndole sentir mi respiración y justo cuando me iba a plantar un beso, le dije buenas noches y me metí a la habitación dejándolo con el desaire.
Cualquier sentido me hubiera dejado en paz, pero el brigadier lo tomó a juego y para vengarse, me asedia en las peores situaciones. Le fascina cuando es enfrente de don Agustín. La otra vez no se midió. Cuando me encontraba desayunando con el emperador, se le ocurrió irrumpir en el desayunador sin hacer antesala, so pretexto de traer un mensaje urgente para S. M.I. Muy apenado don Agustín tuvo que despedirme para atender el asunto. Me ha hecho esa y otras más, No enfrente de don Julián, desde luego, pero si en presencia de personas conocidas. Yo no soy dejada y trato de desquitarme, pero entre más le respondo, más me enredo en su juego. Debo confesarte que a la vez me divierte, pues te digo que me aburro de muerte con mi noviazgo formal, pero ¿A dónde iré a parar con este hombre? .Si el conde se entera, retará a duelo al brigadier y a mí me tomarán de una cualquiera. Si tío Lucio se enterara del idilio, le daría el patatús de que ando enredada con un militar (que además fue realista) sin promesa de matrimonio. Luís también armaría un escándalo y no sé de que sería capaz con tal de sacarme de la corte y mandarme derechita a con mis tíos. No piense mal de mí, primita, te aseguro que sólo soy víctima de las circunstancias.
Un abrazo
Ada
PS: espero que te gusten los regalitos de Boda. Un saludo para Esteban y besos en cada mejilla para mi sobrinita.
Ciudad de México 21 de marzo de 1826
Querido Jerónimo:
Mucho me temo que las cosas no han salido como hubiésemos querido. No me gusta escribirte malas noticias ahora que haz estado tan ocupado trabajando en los pueblos, pero necesito informarte de lo acontecido.
Después de muchas dificultades, logré que el presidente Guadalupe Victoria me concediera una audiencia. Fue apenas el pasado miércoles cuando pude plantearle la situación de tus padres. ¡No te imaginas que difícil fue! Con todas las presiones, conspiraciones masónicas y su delicada salud, se nota que don Lupe no quiere recibir a nadie. Varias veces pedí audiencia y los imbéciles de sus secretarios no me querían otorgar nada. El colmo es que se negaban sin siquiera consultarle.- el Sr. Presidente se encuentra muy ocupado para naderías, me decían los insolentes, como si por ser mujer mi asunto no fuera importante. Sin embargo después de tanto insistir, le informaron de mi solicitud. Como el general Victoria me conoce, a pesar de sus problemas, finalmente aceptó.
Me citó el miércoles al medio día, y tu padre decidió acompañarme para que no fuese sola. Llegamos muy puntuales al Palacio Nacional; tal y como lo exigieron sus secretarios. Nos recibieron fríamente y nos sentaron en la antesala. La espera fue eterna, duró dos horas y media. Cuando empezábamos a entumecernos, finalmente nos llamaron. El mismo malencarado que nos recibió, nos condujo por un interminable pasillo hasta el despacho del Señor Presidente. A diferencia de su empleado, don Lupe se portó muy amable, nos ofreció café, bizcochos y a tu padre, cigarrillos de vainilla. Para mi sorpresa, también nos enseñó el retrato que me había mandado hacer Iturbide; tanto le había gustado que lo mandó colgar en su despacho. Todo iba tan bien al principio que don Felipe y yo dábamos por hecho la concesión de residencia permanente en el país. Con ayuda de tu padre le expuse la situación lo mejor que pude, pero muy apenado el presidente se negó desde el principio. Mucho me temo que aunque considero vuestra amistad, no puedo interceder por ustedes, nos explicó, el mismo decreto es el que me lo prohíbe, si acepto me metería en un problema constitucional con el Congreso.
Pero yo sé que usted podría hacer una excepción en este caso. Mi esposo siempre le ha estimado a usted, Señor Presidente. Jerónimo y yo, más que nadie, estaríamos en deuda con un hombre tan ilustre. Usé ese y otros halagos más para doblegar su espíritu, pero todo fue inútil. Lo siento, decía, no puedo correr riesgos. Al ver que mis coloquios no funcionaban, tu padre comenzó a exasperarse.- Eso es ridículo- intervino- Mi familia lleva en México por más de dos siglos, y yo ya residía en esta ciudad mucho antes de que usted naciera ¡Soy tan mexicano como usted! Además siempre estuve a favor de la Independencia. Intenté compensar su enojo, pero ya había perdido el tacto por completo. Por su parte Victoria, como insurgente empedernido que siempre ha sido, se molestó al escuchar el término “Independencia” de la boca de un español. Parecía que no soportaba ni oírlo pronunciar con el inconfundible ceceo de un buen castellano. Conteniéndose le respondió: Lo siento don Felipe, pero a fin de cuentas usted y su esposa son oriundos de España y la ley establece que sólo los nacidos en México pueden residir en el país.
Se que es difícil, pero por favor póngase un poco en mi lugar, explicó desesperado mi suegro, todo nuestro patrimonio está aquí en México, si lo dejo, mi esposa y yo nos quedaremos en la calle.-
Tendrá un plazo de tres meses para asegurar sus posesiones, dijo el General Victoria, es lo único que puedo hacer por usted. Como ya le expliqué, todo es por su propio bien; ya no nos es posible controlar los linchamientos a peninsulares.-
¡Pues entonces expulse a la indiada y no a la gente de bien!, salió don Felipe vociferando maldiciones.
Me despedí cortésmente de Victoria y salí tras él, por miedo a que lo agarraran en la calle; ya que sus blasfemias se oían en toda la cuadra. Afortunadamente para cuando lo encontré apoyado en una fuente, ya se había tranquilizado. ¿Qué le voy a decir a Estelita?, se lamentaba, si supieras, hija, cuanto queremos a México. Traté de consolarlo lo mejor que pude. Pero por desgracia, hasta ahora no ha salido de su depresión. La verdad es que yo también me siento indignada, querido. Consideraba a Guadalupe Victoria un hombre realmente admirable, pero parece que los héroes a quienes tanto admiré en mi mocedad se han desvanecido por completo. Todo cuanto entra en la política se echa a perder.
Cuando tu pobre madre se enteró del resultado de nuestra audiencia, rompió en llanto. Realmente me partió el corazón ¡Pobre de mi suegrita! Lo único que la cosuela es mimar y cuidar a su nieto. Víctor, quien todavía es muy pequeño para entender lo que pasa, se la ha pasado muy bien en este viaje. Le encanta andar retozando por la casa de sus abuelos ó salir a la calle para que le compren dulces.
Para el próximo mes ya estaré en Córdoba. Remedios se quedará aquí con Víctor porque doña Lita quiere tenerlo más tiempo en casa mientras don Felipe arregla lo de el exilio. Dicen tus padres que quieren pasar unas semanas allá en Las Nubes antes de partir a Cuba. Quiero hacerles un sarao de despedida. Estaría bien que fueras invitando a nuestros amigos. Te manda saludos tu muchachito, ¡Demonio de niño! ni me deja escribir, todo el tiempo quiere estar jugando.
Recibe un beso de tu cara esposa
Ada Vina Amanti de Quintero
Xalapa, Veracruz 3 de noviembre de 1822
Mi preciosa Vina:
Es una lástima que hayas tenido que regresar a la Ciudad de México. Me aburro de muerte aquí en Xalapa. No sabes lo deprimente que es para un hombre como yo estar renegado de compañía femenina. Siento como si estuviera enclaustrado en el convento de los Carmelitas. Esos gachupines de San Juan de Ulúa me han dado una canija lata. Por más intentos que hago, no quieren entregar el fuerte. Al parecer prefieren encerrarse el resto de sus vidas ahí antes que reconocer la Independencia y al Imperio. Dávila hasta me da lástima. El pobre ya está muy chocho y todavía quiere darse aires de héroe. Me he valido de los mejores medios para persuadirlo, pero ni siquiera se digna a leer mis misivas. Me tiene un odio incontrolable desde que me uní al ejército trigarante. Hasta me culpa de haberle sonsacado a su mujer, lo cual es falso. Cuando le servía, yo era apenas un joven teniente de veinte años, nunca le falte en nada, además era doña Isabel quien se aprovechaba de mi posición para seducirme, era atractiva, lo reconozco, pero como hombre recto que soy, nunca cedí a sus escarceos.
Se nota que el terco viejo quiere levantarme falsos para desacreditarme ante los ojos de los que me siguen y estiman.
Por otro lado ese perro de Echevarri hace lo mismo frente a Iturbide. Es obvio que me tiene envidia, porque a pesar de ser más joven, soy más capaz para movilizar y reclutar efectivos. Lo peor es que sigue resentido por las deficiencias en el último operativo para tomar Ulúa. Poco faltó para que me acusase de traidor, es un cobarde. Aquella vez que los españoles bombardearon el puerto, sólo le importaba salvar el pellejo. ¿Qué quería? ¿Qué dejara a la gente del puerto a merced de los españoles para protegerlo a él?
Si hubo errores en esta campaña, no fue mi culpa, maquiné el plan perfectamente, sin pasar por alto ningún detalle. Si las cosas salieron mal, se debió a la ineptitud de mis hombres.
Para colmo, la campaña de desprestigios en mi contra ha dado resultados. Al inmundo de Echevarri no le basta haberme quitado el puesto que merecía por mis méritos, quiere arruinar mi carrera militar y sacarme del ejército. Los días que S.M.I estuvo aquí, se valió de cualquier oportunidad para humillarme en público. Cuando el emperador me llamó a una recepción, planeó una jugada bastante sucia. Mientras cabalgaba rumbo al Palacio de Gobierno en Xalapa, se congregó una multitud para recibirme, los jalapeños me conocen bien, y son los únicos que no creen en las calumnias. Iturbide se puso celosísimo del cálido recibimiento y en el momento en que fui a besar su mano me trató con frialdad. Era obvio que había recibido cartas de Echevarri acerca del fallido intento de tomar San Juan de Ulúa. En el salón había mucha gente y empecé a sentirme mareado por el calor. Como Iturbide se encontraba hablando todavía con los cortesanos, me dispuse a sentarme en un confortable sillón que había en una esquina. No había pasado ni un segundo, cuando uno de los gatos de Echevarri me gritó a todo pulmón que no podía sentarme delante de S.M.I. Consiente de mi descuido me levanté enseguida y ofrecí disculpas. Eso no impidió las burlas. Cuando vi a Echevarri sonreírse con Iturbide, me dio tanto coraje que tuve que salir cuanto antes para no retorcerle el pescuezo al imbécil que me había puesto en ridículo frente a todos.
Pero de nada les servirán sus intentonas. Por más que me odie, Iturbide no puede deshacerse de mí, me necesita para capturar a Guadalupe Victoria y sabe que sin mi autoridad no puede ganarse a los veracruzanos, ya que tampoco confían en Echevarri. Estoy planeando una revancha, mas no tiene caso que te la confíe ahora, ya te enterarás después. ¡Ay de mi Vinita! Cómo te extraño. Me gustaría dejarlo todo para correr a tus brazos, pero si no actúo ahora las cosas serán peores. Ya no soporto más, me invade el deseo y no puedo conciliar el sueño en las noches nomás de pensar en ti. Necesito el calor de tus besos, puesto que ninguna mujer es capaz de reemplazarte. Deja que termine de arreglarlo todo y me lanzo a por ti para que estés a mi lado. No me importa si no te dejan, me las arreglaré, ya sea con la emperatriz, Iturbide, o quien se interponga. Ningún obstáculo debe sobreponerse al amor y tu te vendrás conmigo, llueve, truene o relampagueé.
Con el más sincero amor
Antonio
PS: Perdona que te escriba estos pesares en lugar de candentes versos, pero los amantes no debemos guardar secretos, y eres la única persona con la que puedo desahogarme.
Ciudad de México 10 de noviembre de 1822
Querido Antonio:
Me sorprende que hayas escrito hasta ahora si realmente me extrañas tanto. ¿Qué ninguna mujer es capaz de reemplazarme? Depende, mi querido brigadier, para que menesteres me solicites. En cierta forma nada tienen que pedirme las mulatas del puerto, y te conozco Antonio; no me puedes negar que como servidor de la Patria te tomas algunas libertades.
La única enclaustrada aquí soy yo. Ahora de plano no me es posible salir del palacio debido a que la emperatriz acaba de tener al nuevo príncipe y apenas se está recuperando. Si haces la cuenta, con él suman ocho críos, no sé como ha podido soportar doña Ana tantos alumbramientos, pero total, parece que ya está más que acostumbrada. En cambio ahí nos tienes a nosotras las Damas, haciendo de nanas en vez de que la nodriza se encargue de todo. Entre las quince nos turnamos para atender y dormir al pequeño. Como llora mucho, la nodriza siempre nos llama a Male y a mí para que le arrullemos con canciones de cuna. No le importa si en el momento estamos haciendo otra cosa; nos sale con la cantaleta de que son órdenes de doña Ana. Se pasa de fodonga, la otra vez nos dijo que de ahora en adelante pasáramos la noche a lado del moisés para estarle cantando cuando se despierte, ya que ella al parecer no quiere el paquetito de andarse desvelando ¿Acaso no es su obligación?
La emperatriz ha pasado todos estos días en cama, y a lo mucho, sale nomás al jardín. Todo el séquito nos la pasamos con ella en su alcoba, cuan largo es el día, bordando las mantillas y tejiendo chambritas para el principito. Como Marina y yo no somos tan diestras en esas manualidades, nos encargamos de entretener a la emperatriz con coplas y canciones, y a veces hasta nos escapamos cuando vamos por la charolilla del chocolate. Doña Nicolaza es nuestra única salvación porque a veces solicita que la acompañemos al teatro, o a visitar a sus amigas, las marquesas de quién sabe que. Te juro que es más divertido pasarla con ese par de lagartonas que permanecer encerradas en la alcoba real de la emperatriz.
Pasando a cosas más serias, no me sorprende lo de Echevarri. Ya se me figuraba que ese hombre era bien sañoso. A mi siempre me hacia el feo cuando me mandaba llamar S.M.I. ¡Ah! Pero hablando de Iturbide, si yo fuera tú no le buscaría tres pies al gato ¿Cómo puedes estar tan seguro de que le sigues siendo tan indispensable? Si hay tantos otros que darían la testa por atrapar al General Victoria. No lo tomes a mal, pero la vanidad no es la más grande de tus virtudes, Antonio. Te crees cien en uno y me da la sensación de que te confías demasiado. Se que como mujer muy poco puedo opinar en el asunto, pero si yo fuera tú, me andaría con más tiento.
Tampoco quiero aguarte las ilusiones, pero va estar difícil que pueda regresar a Veracruz, a menos de que doña Ana se sienta en sus facultades para salir del lecho. Deberías esperar unas semanas más a que las cosas se regularicen en el palacio o de lo contrario me será imposible acompañarte. Ni digas que no te tengo consideración porque yo también te he extrañado bastante. Además ya no aguanto al chupasangre del Sto. Marcha que desde que me vio regresar con el emperador me atosiga cada cuando me topo con él. Es una lástima que haya interrumpido sus vacaciones, Srta. Amanti, me dice arrastrando las palabras con sorna.
Tengo la ligera sospecha de que él y otros me vigilan, como si fuera a escabullirme de un momento a otro.
Te quiere y manda besos
Tu Ada
PS: Iré contigo bajo la condición de que una vez allá, me lleves a bailar con los jarochos.
Ciudad de México 14 de noviembre de 1822
Querido tío:
Quizá le sorprenda sobremanera, pero esta vez no le escribo con la intención de pedirle dinero; es para darle razones de mi hermana Ada.
Su conducta me tiene indignado pues no es propia de una muchacha de buena familia. ¿De qué tanto habrán servido los esfuerzos de usted y mi tía en su educación? La ingrata no da muestras de una educación propia, al contrario, se comporta como una libertina sin dignidad. Sabía que hospedarse en casa de esa lagartona no iba traerle ningún provecho. Admito que la culpa fue mía desde un principio al permitírselo, pero fue porque Adita se creyó que la susodicha era una vieja amiga de mis queridos tíos, en paz descansen. Esa tal doña Lola es famosa en la ciudad por las tertulias que organiza en su casa, a las que generalmente asisten caballeros para recibir las atenciones de sus pupilas, todas menores de veinte, que se la pasan cantando, bailando y vendiendo a precio de oro sus favores. Nunca supe a ciencia cierta si Ada formó fue parte de aquella cohorte, pero me he de figurar que la vieja no pasó por alto sus atractivos. Eso no es todo, la Dolores, viuda por más de veinte años, no tiene y nunca tuvo relación alguna con nuestra familia mas que haber sido amante de mi tío Odiseo, cuando vivía en la ciudad. Dudo que haya aceptado a mi prima sin ningún interés de por medio ¿Cómo llegué a creer que aquella madame de burdel hospedaba señoritas de bien?
Definitivamente las amistades que hizo Ada en ese lugar no son dignas de nombrarse; además entre ellas y la vieja le han de haber enseñado las mañas que tiene ahora. Desde luego, cuando me di cuenta de la situación, la quise mandar derechito a Córdoba con ustedes, pero por seguir sus consejos, tío, la recondenada se salió con la suya. Ojala me hubiera hecho caso Usted porque lo peor vino después.
No volví a conciliar el sueño desde que Iturbide se proclamó emperador, fue lo peor que pudo pasar, no sólo para la nación, sino también para nuestra querida familia. Cuando me enteré de quien figuraba en la lista de las damas de honor de la señora Huarte, casi me voy de espaldas. Traté de impedirlo a toda costa, pero fue inútil. Y pensar que mi tía la felicitó por su nombramiento. Como se nota que las mujeres no están hechas para entender de política. A mi hermana no parece importarle traicionar a su padre y a mi primo César quienes dieron la vida por la Independencia. Además, desde aquel día se ha vuelto imposible de tratar. No se deja decir nada y siempre me anda alzando la voz. Se da aires de aristócrata y me han llegado quejas de su mala conducta en la corte. En las cartas que les envía a mi tía y a mi prima Leonor, sólo trata de impresionarlas, cuando en realidad pasa por alto la voluntad de Usted y de mi tía Caritas.
Es claro que ustedes la mandaron a la Ciudad de México con el objetivo de que se casara con don Julían Cardozo y todo iba marchando muy bien, hasta el funesto día en que entró al palacio a visitar a Adita ¿Ya ha recibido cartas de don Julían? Él está muy molesto, me ha dicho varias veces que le no le gusta nada la relación “amistosa” de Ada con el emperador. Pobre hombre, hace el doble de corajes que yo, porque sabe que no puede hacer nada al respecto. Ada ni se entera de nuestra desesperación, se la pasa en el palacio, yendo a fiestas y gastando el dinero de la forma más banal. Yo he cumplido lo que prometí a mi padre, cuidar de mi hermana pase lo que pase; pero la verdad es que ella no ha cumplido como hermana. Hace caso omiso de mis regaños y es incapaz de obedecerme. Desde la última vez que le volví a alzar la voz, no me ha dirigido la palabra. Sólo viene a la casa para ver a Miguel, en el palacio sólo recibe a Orlando, y cuando yo voy a visitarla no hay posibilidad de verla. Don Julían está casi en las mismas, Vina lo ve únicamente los fines de semana, si va a verla otros días ni siquiera lo dejan entrar.
Me gustaría que las quejas terminaran aquí, pero todavía no le he contado lo peor: He oído rumores de que la cortejan varios señores; desde marqueses y duques de no se dónde, hasta mariscales del ejército. Don Julían, afortunadamente, no cree en estas habladurías; pero lo que él no sabe, es que un gran número de galanes me han ido a reclamar los desaires que les provoca mi hermana ¡Demonio de muchacha! Lo único que hace es meterme en problemas, como si no tuviera suficiente con los estudios y mi trabajo. Primero les coquetea a esos desgraciados y les acepta regalos para luego ya no corresponderles. Ella está despreocupada y evade mis amonestaciones con ironías y risillas. Una vez ella me hizo enojar tanto que estuve a punto de alzarle la mano, pero me contuve a tiempo por respeto a la promesa que le hice a mi santa madre de que nunca le daría friegas. Sin embargo le advertí: Ésta es la última vez que tolero tus insolencias. Esto la enfadó muchísimo y de un manotazo quebró la botella de jerez, que le reservaba a Usted para regalársela. Lo que más me revienta son sus arrebatos de vanidad. Como ha hecho migas con el emperador, quien también le hace regalos, no se deja decir nada y quiere darse aires de princesita. Para mí que ese cabrón de Iturbide tiene a Vina de su favorita ¡Sobre mi cadáver! Ya bastante agravio le han hecho a nuestro nombre esa punta de realistas. Alguien me ha dicho que le mandó posar para un cuadro que él conserva en su despacho. Otros hasta dicen que la ha declarado “Espejo de belleza mexicana” ¿Se dará cuenta la emperatriz de todos estos escarceos? No sé, pero con cada nueva habladuría que oigo sobre mi hermana se me ponen los pelos de punta. A la ingenua no le pasa por la cabeza que su reputación está en juego, pues ya está en boca de todos debido a su libertinaje. No sé si sea conciente del problema en el que se está metiendo. Si se enreda con Iturbide, ya no podrá casarse con don Julían. Es sólo cuestión de tiempo de e el hombre se entere de todo y rompa el compromiso. Por desgracia, padre, no podemos hacer nada para sacar a Vina de ésta, ahora es una absoluta propiedad del Estado, cualquier disgusto con el emperador nos llevaría derechitos a la horca. Dicen que en el protocolo de la Corte no permite a las damas salir de la ciudad si no es por consentimiento de la emperatriz. No sé como se las arregla Ada para hacer viajes a Xalapa tan a menudo, estando la emperatriz en estado de gestación.
Le he pedido consejos al padre Servando, que junto con otros republicanos conspira contra el imperio. Él me recomienda paciencia; que no me precipite a hacer nada que me meta en problemas. Dice que el me puede ayudar a hacer entrar en razón a Ada. El padre Mier es una de las pocas personas a las que Vina realmente escucha y esto es lo mejor que se puede hacer. No se preocupe usted y mantenga tranquila a mi madre que voy a seguir cuidando de mi prima, aunque ella no me tenga consideración. Le seguiré escribiendo para darle más nuevas. Le mando una caja de habanos que tanto le gustan. Déle un abrazo a mi señora madre de mi parte.
Sinceramente
Luís
PS: También mando saludos a Leonor y a don Esteban.
Ciudad de México 12 de abril de 1823
Querido tío:
Perdone por tardar tanto en contestarle, pero es que todo aquí en la capital es un desorden con las continuas revueltas que ha habido. Finalmente ya pasó lo que tenía que pasar, sí, así es, tío; Iturbide decidió abdicar y dicen que se va del país exiliado, pero el problema aún no termina; sus fieles seguidores se le fueron encima al congreso y no hemos tenido un solo día sin motines y levantamientos masivos, ya sea a favor o en contra del Imperio. Se dice que el arzobispo está detrás de un movimiento para apoyar a los borbonistas.
Por mí no te preocupes, ya salí de la cárcel. En cuanto se dio la confusión entre los oficiales mayores, Luís aprovechó para sacarme de aquí, pero no lo hubiera sin la ayuda de don Valentín, quien fue él que se encargo de los asuntos legales.
De Luís le cuento que sigue más insoportarle que nunca. Para no quitarme el ojo de encima hizo que me mudara en el mismo departamento que él renta. Ahora sí ya me tiene dónde usted quería, ya debería estar contento. Luís no me deja hacer nada, y no puedo salir sola ni a la esquina; ni siquiera acompañada de Odila. Cuando vamos a misa él nos lleva y nos recoge, cuando voy a confesarme Luís siempre me espera en la entrada del templo. Tampoco me gusta que le de órdenes a Odila, ella es mi doncella y la única que puede mandarle aquí soy yo. Le digo que es el colmo tío. -Ni loco me casaría con una mujer como tú- me dice, me dice a cada rato, pero por otro lado parece que quiere asumir un papel de marido. En serio, la arrendadora del edificio piensa que es mi esposo y siempre quiere darme consejos de buena madre. Hasta mis amigas creen que nos casamos en secreto. Luego las señoras que fueron damas de la corte (que bueno ya no lo son) se han dado un manjar de habladurías con eso de que vivimos solos. Han ido a visitarme sólo para hacer chisme; cada día salen con un nuevo cuento. La última vez se decía que Luís hace reuniones privadas con sus amigos, y que yo me encargo de solazarlos cada vez que vienen ¡Figúrese usted, tío que inaceptable! Se lo he dicho a Luís, le he repetido mil veces que ya no podemos seguir viviendo así. Es más, prefiero regresar Córdoba con ustedes que seguir aguantando a mi hermano. El colmo es que también a mi me quiere traer de criada. Entre Odila y yo pusimos orden a la casa porque estaba hecha un cuchitril; libros y papeles regados por todos lados, manchas de tinta en los muebles, colillas de cigarro, ropa y polvo. Supuestamente, la hija de la arrendadora hace el aseo diario, pero no lo hace bien; deja algunas cosas sin sacudir y el polvo se acumula bastante. No le puedes decir nada porque es bien mal modienta. La otra vez me rezongó que ella no era mi gata y que tampoco era su culpa de que Odila fuera una fodonga. Pobre Odila, es la que tiene que andar aguantando sus groserías, ella no es dejada y el otro día estuvieron a punto de agarrarse del moño. Fui de inmediato a quejarme con la arrendadora y a la mozuela le fue bien mal. A la mañana siguiente apareció con el cachete hinchado. Quién sabe si habrá escarmentado pero ni con latigazos se le quitan los malos modos. A Luís y a Miguel, en cambio, los trata como reyes- lo que se le ofrezca, patrón- le dice a Luís- le hace ojitos y sonrisitas, y hasta sube cuando nadie la llama, para traerle café. Ha de pensar que con sus insinuaciones me van a dar celos ¡Que niña tan estúpida! Se me hace que ella le pasa las habladurías a las señoronas chismosas. Es cierto que Luís invita gente a cada rato, pero sólo son amigos de la universidad. Lo único que hacen es estudiar y ponerse a charlar de sus asuntos académicos. Aunque no sean de la misma carrera que Luís, sus pláticas son tan especializadas que no puedo tomar parte en ellas. Siempre hablan de ciencia, leyes, política y charlas de hombres, nunca hablan de arte ni literatura. Para colmarme la paciencia, Luís quiere que siempre que los esté atendiendo, que les sirva café o que le mande a Odila hacer chocolate. A veces quieren que les toque el piano o que les cante, todo sea para animar la reunión. En cambio, Luís no tolera que yo tenga visitas. Cuando son mis amigas no hay problema en dejarnos platicar a gusto, pero cuando son amigos (aunque sea el don Valentín o mi primo Jerónimo) no se despega del asiento del sofá. Si se encierra en su cuarto, no podemos hacer el menor ruido porque no le dejamos estudiar. Pero claro, yo no puedo quejarme de las risotadas de sus amigos, porque luego luego se enchila. Dice que soy demasiado remilgosa y que ustedes me consintieron demasiado. No es cierto, le he tenido toda la paciencia del mundo créame; no único que no le puedo tolerar es que me de órdenes ni hable golpeado, porque, ya le advertí, que él no es mi esposo ni tampoco mi verdadero tutor, al único que le rindo cuentas es a mis tíos, le dije y al padre Mier. Luís tolera muy poco a Miguel,y si a mi me pega de gritos, con Miguel casi se vuelve afónico; ya lo ha golpeado varias veces. Miguel me dice que también el se quiere ir de la casa, que no le importa trabajar de trapero con tal de ya independizarse. Temo por él, sabe usted, no me gustaría que se precipitara, pues apenas tiene 15 años ¡Y todo por el insufrible carácter de Luís!
Cómo ya le expliqué, tío, Luís está arruinado los pocos días que me quedan de soltera, así que si realmente se preocupa usted de mi felicidad, le pido que vuelva a recibir allá en Córdoba ¿Acaso no me ha extrañado? , y que mi tía le escriba a Luís para darle un buen jalón de orejas, no vaya ser que ahora no quiera dejarme ir. Espero con ansia su consentimiento, y le mando un beso desde México.
Con cariño, de su amada sobrina,
Ada Malvina
PS: No se moleste en pedirle a Luís que me acompañe a Córdoba porque le va a poner mil pretextos. Me acompañará mi primo Jerónimo que tiene muchas ganas de verlos. A decir verdad, es muy importante que vayamos a Córdoba juntos, ambos tenemos que comunicarles algo muy importante.
PSS: Espero que le guste la botella de Vermouth y a tía Caritas su abanico, tales presentes sólo se consiguen aquí en México.
La Loma, Pánuco 2 de enero de 1826
Ada mía:
Te escribo desde Pánuco, acá por la zona de los huastecos. Me siento tan triste de no haber pasado el Año Nuevo a tu lado ¡Ah, pero si supieras mujer qué de he trabajo he tenido! Pero pese a mis largas jornadas, te he extrañado más que nunca. ¿Te acuerdas estuvimos en Veracruz con los verdaderos republicanos, escondiéndonos de Iturbide? Parece como si ya hubiera pasado mucho tiempo, mas nunca olvidaré aquella noche en el pueblo, la noche en que tuve por primera vez. Viéndote bailar esa noche, no pude contener mi inexplicable atracción por ti, cuyo fuego ya se había encendido desde hace mucho tiempo; trataba de engañarme, ambos nos engañábamos, Ada, creíamos que era sólo la natural simpatía entre primos, algo superficial que se enfriaría con el tiempo. Después de lo que pasó, regresamos con nuestras respectivas familias, yo regresé a Xico con mis padres y tú a México con Luís y Miguel. Pensamos que nos olvidaríamos fácilmente de lo sucedido en la fiesta, pero la Providencia no lo quiso así. Dios nos hizo pagar caro nuestro pecado. Hemos padecido tantas cosas juntos, Vina, que es imposible pensar que no terminaríamos uniendo nuestras vidas. Fuímos despreciados por nuestros familiares a causa de nuestro atrevimiento. Todas las culpas recayeron sobre mi, y sobre ti cayó la vergüenza. Mis padres me condenaron y tus hermanos no me podían ver ni en pintura; al no poder desquitarse conmigo, su furia se volvió contra ti. Aún casándonos, todos se referían a nuestro bebé como el fruto de nuestro pecado; por eso no pudiste dar a luz a un ser vivo. Para que un niño nazca necesita recibir amor desde que está en el vientre de su madre. La pequeña criatura prefirió morir antes que nacer en el ambiente hostil de la ignominia. No es tu culpa Ada, ni mía, ni siquiera de las personas que nos repudiaron; en realidad no es culpa de nadie. Todo fue el destino, el orden de la naturaleza, la voluntad de Nuestro Señor. Las cosas no pasan sin una causa, Ada, y esta pérdida, aunque dolorosa, no fue en vano; fue la lección de Dios para que nos detuviéramos a reflexionar el porque de nuestra atracción, de nuestro amor. Por eso te llevé hasta Guatemala, para que pasáramos juntos el tiempo, al que nunca nos dimos oportunidad antes. Jamás, mi querida Vina, olvidaré ese viaje, y ahora, a pesar de que me encuentro durmiendo en catre dentro de un oscuro y frío jacal, no me paso las noches temblando de frío porque recuerdo y tengo tan presente nuestra noche de bodas como si se hubiera repetido todas las noches que he permanecido aquí. Sí, aquella en que dormimos en la fragata que nos llevaría hasta Campeche, y que sentíamos el calor de nuestro cuerpo mientras nos dejábamos llevar por el balanceo de las olas. Tampoco olvidare las noches que pasamos en aquel jacal de palma, en medio de la selva Lacandona y el hechizo que la naturaleza provocaba en nuestros sentidos, embriagando nuestros instintos, cada vez más. Recuerdo cómo me arrastrabas de un lugar a otro, maravillada del plumaje de las aves, cómo el Quetzal ¿te acuerdas?, de las flores exóticas y de los frutos que nos daban a probar las indias en las comunidades. También te maravillabas de las artesanías y los textiles que ellas mismas hilaban y hasta les compraste un vestido ligero de manta, bordado de flores y unos largísimos listones tejidos en telar que ellas usan para amarrarse las trenzas. Y lo que más he de recordar de aquel viaje fue cuando nos perdimos explorando la selva y que nadie nos encontraba. De tanto caminar sin rumbo nos topamos con unas ruinas mayas, y tú Ada, llevabas puesta una muselina blanca que por el calor se te ceñía al cuerpo, y en tu largo cabello llevabas prendidas varias flores que encontraste en el camino. Tu piel se había bronceado y brillaba debido a la extraña sabia que te habían recomendado las indias para las picaduras de insectos. Ahí en ese lugar sagrado para los indios, sin importarme que fuera medio día ni que todos nos estuvieran buscando, ahí te amé como nunca antes lo había hecho, olvidando el calor y el cansancio. Porque cuando te ví quitándote las alpargatas y descubriéndote los talones no pude contenerme y te atraje hacia mí como si fueras una ninfa. Besé y me comí tus labios mientras trataba torpemente de quitarte la ropa. Quité una a una las flores de tu trenza para acariciar tu cuerpo hasta que tu cabellera se desparramó sobre la piedra. Cuando al fin desabroché tu corpiño, liberé tus pechos y los sorbí y palpé como si fueran los de mi madre. Como tenía sed, bebí toda la sabia que mezclada con tu sudor tenía un sabor salado y fresco, la misma que también me hacía resbalar de tu cuerpo. Como te empezaste a quejar de que tu espalda te ardía de tanto rozar con la piedra, te permití montarme a horcajadas, gemías como si te estuvieran clavando en una cruz. Ni el canto de las guacamayas, ni el correr del río pudieron callar nuestros gritos y así fue como nos encontraron los indios, tendidos desnudos sobre piedra sagrada, rendidos de amor.
Me temo que me he abstraído demasiado en mis recuerdos amorosos; como te había dicho, estoy en un rancho cerca de Pánuco; llevo aquí una semana tratando de atender a las familias de las comunidades cercanas. No te imaginas mujer, que lugares tan miserables hay en los alrededores. Sus condiciones de vida son precarias y esta gente no tiene ni la más remota noción de salubridad. Parece que no acabamos nunca, apenas y termino con una familia y ya estoy cuidando pacientes en otra. Ni mis prácticas de campo en el colegio de medicina eran tan extenuantes. Somos cuatro doctores los que atendemos esta zona y nadie tiene tiempo de asuetos; salvo Villegas que ya contrajo las fiebres. En realidad no es el número de habitantes, sino las enfermedades que por lo general cobran la vida de familias enteras. Que si el esposo tiene sífilis, la mujer tiene gonorrea, o los niños disentería, el abuelo sarampión, los primos sarna y el compadre vómito negro. Siempre hay necesidad de tratar a todos al mismo tiempo. Los niños mueren a diario por desnutrición si no padecen de otra cosa. La familia con la que estoy ahora tenía a tres niños con lombrices en los intestinos. Los habían llevado con curanderos que lo único que hicieron para ayudar fue que les dieran cólicos terribles. Los pobres mocitos se la pasaban todo el día retorciéndose sin poder levantarse. ¡Cúrelos, doctorcito!, me suplicaba su madre, quien a lo sumo tenía tu edad y seis hijos. Me conmovió tanto, que no dormí dos noches hasta desparasitarlos a todos, usando el tradicional y desagradable método de sentar a los niños en leche caliente. Afortunadamente, su condición ha ido mejorando, les he recetado Chaparro Amargo y ya pueden regresar a sus labores en el campo. Sus padres están tan agradecidos conmigo que ha pesar de su pobreza tratan de recompensarme en todo y cuidan que no me falte nada; hasta me regalan tabaco y aguardiente de lo poco que tienen. Pero la suerte de familias como ésta no es más que una excepción. Anoche murió una muchacha que no pudo dar a luz. Y un niño de tres años acaba fallecer por desnutrición.
No tienes que temer por mí, me estado cuidando bien para no contagiarme de alguna enfermedad y además, mañana mismo me voy a Tampico y de ahí regresaré a casa. Estaré de vuelta en casa dentro de tres semanas; sin embargo no puedo pedirte que me esperes, pues el verdadero motivo de mi carta es para pedirte un gran favor. ¿Te haz enterado del decreto que acaba de aprobar el congreso? Me acaba de llegar hasta Pánuco una carta de mi padre. Dice que le han enviado una orden en dónde le dan no más de un mes para abandonar el país. ¡Imagínate nomás, que terrible! Vinita, tu eres la única esperanza que tienen mis padres. Eres amiga del presidente Guadalupe Victoria y él te quiere bien. A lo mejor tú podrías convencerlo de que les diera una concesión extraordinaria para seguir residiendo en México. Urge que marches a la capital para arreglar las cosas. Además mis padres quieren verte desde hace un año. Iría contigo, pero aunque marchara ahora mismo hacia Córdoba llegaríamos muy tarde para solucionar las cosas. Lo mejor será que partas lo más pronto posible. Pero te advierto que no consentiré en que viajes sola. No solamente te vayas a ir dile a Toribio que te llevé uno de los muchachos, o si son dos mejor. El camino es largo y hay que cruzar la sierra de Puebla. Nunca viajen de noche, hagan escalas de más de una noche si es necesario. Lleva solo el dinero indispensable y viaja con discreción, recuerda que éstos son tiempos de caos y caminos intransitables. También te encargo que dejes instrucciones en el rancho para cuando yo regrese, le pides cuentas al administrador y le dices que estaré ahí dentro de dos semanas máximo. Me escribes a casa en cuanto llegues a la Ciudad de México. Espero alcanzarte allá en cuanto pueda. Me saludas al Padre Mier y a don Valentín, si tienes oportunidad de verlos, y desde luego a Guadalupe Victoria y dile que le pagaremos el favor con todo lo que esté a nuestro alcance.
Diles a mis padres que no tardaré en llegar, dale un beso a mamá Chío de mi parte.
Recibe un beso y un abrazo de tu Jerónimo.
PS: no se te vayan a olvidar los regalos para mis padres.
Xico, Veracruz 8 de diciembre de 1822
Querida Amiga:
Me encuentro sentada sobre una piedra contemplando el húmedo paisaje. La gran cascada de Xico se encuentra justo enfrente de mí, tan cerca, que la brisa de su llanto me acaricia el rostro con suave frescor ¡Cómo me encantaría que vinieras a visitarme! Xico es un lugar mágico, todo rodeado de bosque tropical. Se oyen los cantos de las aves día y noche. En los jardines reinan las mariposas, y en la tarde la gente sale a pasear a la plaza tras el calor del mediodía. La cascada que te digo, cae muy cerca del centro y forma un riachuelo rodeado de árboles que le da la vuelta al pueblo. Para bajar al río hay que cruzar un puentecito de piedra tapizado de mariposas azules y lilas. Estoy segura de que este lugar te encantaría. Sabes, me sentiría menos sola si vinieras al menos un par de días ¿De qué sirve que esté en este lugar tan bonito, si Antonio no me deja salir? No sé en qué estaba pensando cuando le pedí que me llevara con él hasta acá; todo a espaldas de mis hermanos y con el peligro de que algún día me encuentren los del ejército. Debí haberme ido a casa de mis tíos desde un buen principio. Antonio sólo me trajo aquí para que le siguiera como perrito faldero. Nuestro plan inicial era quedarnos en Xalapa, pero sólo estuvimos ahí un par de días porque Antonio fue llamado a Veracruz para discurrir otra campaña que libere al fuerte de Ulúa, ocupado por los gachupines. Rotundo fracaso, a los tres días ya íbamos de regreso a Xalapa. Cuando faltaba solamente una hora de camino, Antonio le ordenó al cochero que desviara el rumbo hacia “El Encero”, una hacienda que él conocía muy bien. Vamos a estar muy bien ahí, me dijo, tendremos el lugar sólo para nosotros dos. Menos mal, pensé, después de tanto ajetreo ya tocaba que me tuviera un poco de consideración. Pero la mala suerte nos sorprendió al parar frente al portón de la hacienda; el dueño se negó a recibirnos, nos habíamos desviado de balde. Antonio, quien de por sí no venía nada contento con el resultado de su última campaña, se encolerizó y poco le falto para arremeter contra el ranchero que no nos permitía el paso.
De vuelta en el camino hacia Xalapa, Antonio se quejaba a sonoras voces echando pestes de Iturbide, Echevarri y todos los que según él le hacían la vida imposible. Refunfuñaba por cada tumbo que daba la litera, le reclamaba cada bache al cochero golpeando el techo con su bastón. No seas tan sentido con el asunto, trate de tranquilizarlo, tal vez como llegamos de improviso, el hacendado no tenía lugar para nosotros. No seas tonta, me respondió con dureza, esto un arreglo de Echevarri en su obsesión por pisotearme, de seguro le contará el chistecito a Iturbide.
Siguió quedándose el resto del camino. Preferí ya no decirle nada, pues cuando Antonio está de malas, lo mejor es esperar a que cambie de humor por si solo. Ya estábamos por entrar a Xalapa, cuando Antonio, quien por fin salió de sus quejas, se le pasó por la cabeza que tenía que pasar lista de tropas en la brigada y recibir al coronel Rincón para un informe ¡Ugh! tengo tantas ganas de escuchar las quejas de ese imbécil como de pescar la escarlatina ¡Cochero! llamó dando bastonazos en el techo ¡Cambie el rumbo por dónde veníamos y llévenos a Xico por el camino poniente! Intenté objetar pero Antonio me lanzó una mirada de pistola y ya no dije nada. Ahí íbamos de nuevo, tres horas de regreso por el camino real y cuatro más en el camino poniente. Naturalmente, no llegamos a Xico el mismo día, pasamos la noche en una venta. Llegué al hostal hecha una piltrafa, ni siquiera cené, me di un baño y me metí en la cama; en realidad dormí muy poco aquella noche. Lo que sigue a continuación no se lo vallas a contar a nadie, son cosas que ni a mi prima Leonor le confío. Como a las dos de la mañana regresó Antonio de cenar y me despertó, según él porque estaba ocupando toda la cama y no había lugar para él. Me hice a un lado sin decir nada. Oí sus botas azotarse contra el piso y supuse que seguía enfadado así que intenté volverme a dormir rápido. De repente, sentí una mano posarse sobre mi nalga izquierda y la otra buscando el vuelo de mi camisón por debajo de las sábanas. Ahora no, Antonio, estoy muy cansada, mejor ya duérmete. Me alejé hasta el otro extremo de la cama para que me dejara en paz, pero él se río y se arrimó hacia mi lado, tomándome la cintura con un brazo para jalarme hacia él. Antonio, hablo en serio, ahora no, le dije empezando a molestarme. Está bien, me respondió sin hacer mucho caso, ya me voy a dormir, pero al menos dame las buenas noches. Creyendo que ya me iba a dejar en paz, me volteé hacia su lado para darle un beso en la mejilla ¡Trampa! era justamente lo que él estaba esperando; me atrajo hacia él de un jalón, estrechándome la cintura con fuerza. Prácticamente se me echó encima; me empezó a chupar el cuello, y sus manos se paseaban con furor por debajo de mi camisón hasta llegar a mi entrepierna. Como mis quejas eran inútiles decidí quedarme como piedra y hacerme la dormida. Cuando trató de abrirme las piernas, las crucé con fuerza; después de varios forcejeos, Antonio se exasperó. Si no me quieres aquí, me iré a buscar a otra compañera, total aquí hay muchas prietitas de dónde escoger. Adelante, le respondí con sorna. Antonio hizo un brusco ademán de levantarse de la cama, caminó hacia la puerta y la azotó al salir. No tardó ni cinco minutos en regresar. Se quedó dormidote, tomando mis pechos como almohada; para colmo roncó toda la noche.
¡Ah, cómo extraño el lecho de mi alcoba! las noches frescas de la Ciudad de México. Aquí en Xico difícilmente puedo conciliar el sueño porque Antonio siempre viene a apoltronarse encima de mí ¡Con el calor que hace! Y debido a la humedad se pegan unos bichos horribles al tul del dosel. Le he pedido Antonio que me deje dormir sola de vez en cuando, además el dueño de la casa nos dio habitaciones separadas, pero él no quiere acceder, se enoja cada vez que se lo comento. Su carácter es muy voluble, cuando no está enojado, se vuelve muy encimoso y cuando está que arde de rabia, se encierra en su cuarto y no quiere ver a nadie. Por el día nunca está, sólo lo veo en la noche. Salimos juntos sólo cuando lo invitan a cenar sus conocidos. A mí no me deja salir sola por lo mismo de que me buscan los del ejército, siempre me escolta alguien de confianza. Ahora que estoy escribiéndote al pie de la cascada, lamentablemente no cuento sólo con la compañía de las mariposas, mi escolta debe estar vigilándome a moderada distancia, no lo veo, pero ahí está, como ángel de la guarda. Después me acompañará al correo a depositar esta carta y más tarde me llevará de regreso al hospedaje. Estoy segura que al final del día le pasará un reporte de todo mi itinerario a Antonio. Mi muy ingenuo brigadier piensa que no me doy cuenta, y para disimular siempre me pregunta que hice durante su ausencia ¿Me preguntará también a mí para comprobar la versión de la escolta? ¡Con lo celoso que es Antonio! Me pide que le narre los más ínfimos detalles para asegurarse de que no lo engaño con nadie ¡Es que eres diablo de coqueta! me dice, siempre que no estoy aprovechas para salir, si no fuera por el oficial que te escolta, quien sabe a quien te irías a buscar ¡Hazme el favor, Marinita! ¡Es un acoso inaguantable! ¿Qué vine a hacer aquí? ¿A qué me traiga como perrito faldero? Si para recibir órdenes se trata, prefiero irme con mis tíos ó con mis hermanos. No soy capaz de aguantar aquí mucho tiempo, al terminar el mes me voy a Córdoba a buscar a Luís o a Damián. Ya le dije a Antonio que no puedo quedarme mucho tiempo en Xico o van a empezar a sospechar que me estoy escondiendo. Espero que todo este asunto acabe pronto para que pueda regresar a la capital y verte algún día.
Te mando un caluroso saludo
Ada
Córdoba, Veracruz, 1824 23/04/07
Querida doña Ada:
Me siento muy desdichada por la repentina decisión de Jerónimo. Por lo veo Usted ya me ganó la batalla por el corazón de mi amado y ya no puedo hacer nada al respecto. Ya temía perder a mi prometido desde que la vi por primera vez. Cuando Jerónimo nos presentó, por el modo en que se dirigía a Usted, empecé a sospechar que en su relación había algo más que la natural simpatía entre primos. Además, la pasada cancelación de su compromiso matrimonial, se prestaba a que Usted tratara de robarme a mi Jerónimo. Mis sospechas aumentaron rápidamente al observar ciertos cambios en el cariño de él. Él siempre hablaba de Usted, de que debíamos invitarla a Córdoba o ir a visitarla a la Ciudad de México, de que el rompimiento de su noviazgo con ese tal marqués de no se que debió haber sido muy duro, de que si se sentía Usted sola. Jerónimo quería que usted y yo nos hiciéramos amigas, ya que en el fondo éramos primas. Lo mismo les dijo a mis tíos. Pobre Jerónimo, por más que trataba de disimular sus verdaderos sentimientos hacia Usted, todos empezamos a sospechar de esos continuas idas a la capital y de su cambio de carácter. Cada vez que alguien la mencionaba a Usted, le saltaba el ánimo como a un niño, y abstraía cualquier conversación en hablar de Usted como endiosado. Nunca perdonaré la actitud de Jerónimo, yo no era la única que me daba cuenta de sus deslices, todo nuestro círculo social empezaba a figurarse de que nuestro compromiso estaba pasando por una crisis. Reconozco que hice mal en tratar de ignorar la situación, pero nunca pensé que Jerónimo fuera capaz de anular un compromiso que ya estaba decidido desde que éramos pequeños. Lo peor aconteció la noche pasada; mis padres y yo fuímos a la casa de mis tíos para seguir planeando los preparativos de la boda. Como de costumbre, Jerónimo empezó a hablar de Usted olvidando por completo el asunto de nuestra boda y esta vez, en frente del excelentísimo abate del convento de las Teresitas, encargado de nuestra ceremonia. Por supuesto hizo enojar a mi tío que le llamó la atención. Todos le hablamos de nuestras sospechas hasta que Jerónimo estalló encolerizado y sin importarle mis sentimientos y el cariño que siempre le han profetizado mis padres, confesó todo a gritos. Que desistía de nuestro matrimonio, que Usted sería la única mujer con la que él uniría su destino. Dicho esto salió del comedor dando un portazo. Todo mundo se quedó estupefacto, y yo, sin palabras, no pude contener las lágrimas. El resto de la merienda se convirtió en un suplicio, mi padre furioso exigía explicaciones, mi tío no sabía ni que decir, conforme su discusión fue subiendo de tono mi llanto se acrecentaba a torrentes. Entre mi madre, mi tía y el abate intentaron consolarme, pero fui sorda a sus palabras. Lo mismo durante estos días mi madre me dice que no todo está perdido y que mis tíos conseguirán entrar en razón a Jerónimo; no son más que mentiras piadosas, ya no creo nada de lo que me dice, pues ahora me queda más que clara la necedad de Jerónimo. Siempre ha sido así, un necio que hace lo que le viene en gana. Prima, usted no tiene idea de la humillación que sufrí. Las palabras de Jerónimo atormentan mi sueño cada noche, cada una es como un filoso estilete que se me clava en el corazón y en la honra. Sé de sobra que Jerónimo ya no me ama, que ni si quiera le importo, y todo por culpa de Usted. Jamás seré dueña de sus encantos, de ese rostro pálido y negros ojos. La extroversión y la extravagancia de sus modos son propios de una doncella citadina; ustedes las mujeres de ciudad tienen más contacto con los extranjeros y las modas europeas. Aquí en provincia, las muchachas nos distinguimos por nuestra sencillez y la sumisión a nuestras obligaciones para con la familia. No leemos esas novelitas francesas que sólo llenan la cabeza de humo, preferimos emplear el tiempo en otras cosas de provecho. Por eso ninguna de nosotras encaja en las excentricidades de la capital. El carácter de Jerónimo siempre ha sido muy inquieto, ávido de experiencias nuevas; tal vez sea por eso que la haya preferido a Usted. Sin embargo, recuerde que para los hombres del campo las mujeres de la ciudad son como los postres exóticos; tentadores al principio por la misma gracia de su rareza, pero que al final empalagan y resultan indigestos. Recuerde que toda pasión se enfría tan rápido como se calienta; ni la mujer más bella del mundo es la excepción. No le guardo rencor, señorita Malvina, ni le deseo mal alguno a pesar del sufrimiento que me atormenta. Pero me gustaría que reflexionara bien su relación con Jerónimo antes de dejarse llevar por arrebatos desmedidos. ¿Tendrá Usted verdaderos motivos para casarse? Mi tío Felipe le negará la herencia a Jerónimo si el desase nuestro compromiso. Sin ella él no tiene ningún bien material. Mis tíos no quieren saber nada de Usted, usted jamás será aceptada en su círculo. Jerónimo está dispuesto a dejarlo todo por Usted, siempre toma las decisiones sin pensar en las consecuencias. Pero yo lo conozco, sé que después se arrepentirá de su error y tratará de reconciliarse con sus padres de alguna manera, ya lo ha hecho varias veces. Usted no ha sido la primera, ni será la última, a Usted le consta. A pesar de nuestras diferencias, considero que Usted es una mujer inteligente y habiendo tenido tantos amoríos ya conocerá de sobra a los hombres, estoy segura de que no querrá arruinar el resto de su vida.
Con todo mi aprecio
Mª Lorena Castiñón de Leza
PS: Después de esta carta lo más probable es que no vuelva a saber de mí, mis padres piensan enviarme a España.
Ciudad de México 20 de octubre de 1836
Querida doña Ada:
Tuve la mala fortuna de enterarme de la desaparición de tu esposo en San Jacinto. Lo siento tanto por don Jerónimo, era un hombre tan correcto, aunque, por lo que veo, todavía se dejaba llevar por ímpetus demasiado juveniles, ¿Cómo se le ocurre participar voluntariamente en una guerra sin una carrera militar? y sobre todo teniendo una familia que mantener. Apuesto a que fue ese dicharachero de Santa Anna, el que le metió esas ideas absurdas sobre la soberanía nacional. ¿Cómo puedes considerarle amistad a ese hombre después de todos los males que le ha hecho? Primero, cuando usted lo conoció: el supuesto amor que le juró y le perjuró y sus falsas promesas de matrimonio, cuando todo mundo sabía de su idilio con la hermana de Iturbide a la que siempre persiguió por interés. Ahora con esta ridícula guerra, acarreó al pobre de don Julían a la perdición, sin pensar en usted y en el pobre niño que trajeron al mundo. En fin, cada quien es arquitecto de su propio destino. No le escribo para reprocharle los errores del pasado, le escribo porque tu penosa situación me tiene muy acongojado, querida Ada. Yo te amé una vez, como nunca te imaginaste, y ansiaba tanto casarme contigo. Viví en ese tierno encantamiento hasta que me di cuenta de que nunca fui correspondido. Acepto que te traté mal en ese entonces y que descargue sobre ti todo mi desprecio, Ada, pero fue porque en el fondo me pudría la amargura del desamor. Nunca me amaste, siempre me trataste con hartazgo e indiferencia, mientras me torturabas con arrumacos y coqueteos. Ya hace más de diez años de eso, pero debo admitir que todo aquel que se da el gusto de quererte una vez es incapaz de olvidarte. Yo en especial, que una vez te pretendí y fui tu prometido, me es imposible apartarte para siempre de mi corazón. Ya han pasado más de diez años y como sabes yo tomé por mi lado. Tengo una esposa cariñosa y responsable que me trajo al mundo dos hermosos retoños. Mas ni mi mujer ni mis hijos me abstraen de pensar en ti. Decir que todavía creo amarte, es mucho. Esta tarde te vi pasar por el Portal de Mercaderes. Para ser una mujer casada lucías espléndida, con un vestido de tafetán lila a juego con el sombrero y cubierta con un chal. Aún conservas el bello porte que siempre te ha caracterizado desde tus años mozos. Sin embargo, bajo esa armonía de apariencia noté un semblante tristísimo de angustia; tu andar era rápido y ni siquiera me atreví a dirigirte la palabra. Algo me detenía, tal vez el presentimiento de que me tratarías con desdén. Tu criada pareció darse cuenta de que yo te observaba, ¿No te comentó algo?
Estoy seguro de que estas líneas te han tomado por sorpresa, mientras las escribo me divierte imaginar tu rostro viajando de la sorpresa a la incredulidad. Pero el motivo de mi billete no es el que te imaginas. Es cierto que quedé resentido con el resultado de mis esfuerzos para contigo, pero ya ha pasado mucho tiempo y mi rencor se esfumó tan pronto como los hados de la fortuna volvieron a sonreírme con mi virtuosa familia. Ambos ya tenemos hechas nuestras vidas; no te imagines que te escribo con la idea de perturbarte. El motivo de la presente es para ofrecerte mi apoyo incondicional en esta mala situación. Tengo conocidos en Estados Unidos que podrían rastrear a don Jerónimo, encontrarlo vivo o muerto. Estoy dispuesto a salvarte de una amarga viudez que a tu edad y belleza no le corresponderían. Quiero proponerte este asunto en privado, te propongo que nos citemos en la chocolatería de Tacuba mañana al medio día, el dueño me conoce y nos reservará un espacio privado y discreto. Si aceptas, te pido que me lo hagas saber por medio de otro billete. Considerarás que no tienes a nadie más a quien acudir.
Sinceramente tuyo
Julían Dávila del Toro
PS: Ni Gómez Farías ni ninguno de los monigotes del gobierno estarían dispuestos a meter las manos al fuego por usted.
Ciudad de México 21 de julio de 1825
Vinita preciosa:
Cuanto me alegra haber recibido tu carta. Por lo que me cuentas, parece que ya estás empezando a recuperarte de la terrible pérdida de tu criatura ¡Qué buena idea la de Jerónimo de llevarte a Campeche! Tan bonito que es ¡y la selva ni se diga! ¡Qué bárbaros! No cabe duda que Jerónimo es un hombre ejemplar ¡Cómo te adora! Es capaz de hacer lo imposible con tal de tenerte contenta. De seguro ahorita debes estar en un baño caliente ¿Cómo dices que le llaman los indios? ¿Temazal? ¿Tespascal? Tan bien que te hace a la salud. Yo estoy aquí enfrentando un montón de problemas con mis obras. Los editores me exigen cantidades exorbitantes de dinero y tienen mucho reparo en publicar mis poemas. En la Academia de San Juan de Letrán ni siquiera se toman la molestia de leerlos. Don Guillermo ha prometido ayudarme. ¡Haber si es cierto! No se preocupe, me dice prometo hacer todo lo que esté a mi alcance con tal de que la dejen entrar a la Academia ¡No faltaba más! Siendo usted hija de un gran insurgente. Si no fuera por mi padre estaría realmente perdida. Cambiando de tema, todos aquí en la ciudad me preguntan mucho por ti, qué adónde han ido los Quintero, que cuándo van a volver al Teatro Principal. Todo mundo está ansioso por volverte a ver en escena. Les he dicho que todo será a su debido tiempo, que ustedes decidirán cuando volverán a la capital. La muerte de un hijo es imposible de superar. Papá también ha preguntado mucho por ti. Dice que si tienes algún problema él está a tu disposición ¡Eres el vivo diablo, Vinita! Ya hasta mi papá te ofrece sus servicios. Debería hacer lo mismo conmigo, pero él siempre me dice que me dedique a mi matrimonio. ¡Claro! Yo no puedo ni quejarme de ti porque luego luego te defiende. Por cierto, hablando de admiradores, don Antonio frecuenta su casa casi diario, y ambos se echan coloquios de horas enteras. Cuando Alfredo y yo vamos a visitar a papá, escucho sus conversaciones ha escondidas mientras les preparo café. A parte de política el tema de conversación siempre son tú y Jerónimo. Si deciden volver a la farándula del teatro cuentan con muchísimo apoyo. Yo también quiero que vuelvas, tienes un gran talento y deberías aprovechar las oportunidades ¡Brincos diera yo por tener ese apoyo! Además no puedes quedarte en el luto para siempre. Admítelo Ada, ni tu ni yo nacimos para ser amas de casa ni madres de familia, somos mujeres de la bohemia, sé que tú si quieres tener hijos, pero y digo que ya Dios te los hará en un momento adecuado. Ahora necesitas volver a lo tuyo y tienes que hacerlo, de lo contrario nunca superarás tu pérdida. Verás que cuando vuelvas a lo que realmente ha sido tu vida, las cosas irán mejor y tus deseos de ser madre se cumplirán cuando menos te lo esperes. Te acordarás de mi cuando Dios te traiga al mundo una nueva criatura de la que tú y Jerónimo se sentirán orgullosos.
Con mucho cariño
Marina Antonia Velarde
Ciudad de México 4 de mayo de 1833
Estimado Ciudadano Presidente Gral. Antonio López de Santa Anna:
Quizá esta carta le tome por sorpresa, pues hace cierto tiempo que no intercambiábamos correspondencia.
No me explico porque, de repente, dejamos de escribirnos si se supone que al final quedamos en buenos términos. Quizás sea su nuevo puesto lo que le tiene tan ocupado. De seguro Usted ahora sólo se codea con los grandes apelativos de la ciudad y es por eso que ya no tiene tiempo para mí. Debo decir general que me incomoda sobremanera no poder tutearle como siempre lo había hecho ¿Aún conserva mis antiguas cartas? Aunque Usted no lo crea, yo aún conservo las vuestras. No porque lamente que nuestra relación haya sido esporádica, sino porque debo admitir que siento, a veces cierta nostalgia de verle. No quiero que malinterprete, yo amo a mi esposo y no me arrepiento en lo absoluto de mi matrimonio. No le insinúo amores. A pesar de mi sufrimiento, Dios me ha concedido una dicha; al fin tuve una criatura, como Usted supo, y tanto Jerónimo como yo, nos regocijamos en verle crecer ¿Qué me puede decir Usted de su familia? ¿Cómo se encuentra Doña Inés? Envíele respetos de mi parte. Mis esposo también envía los suyos a mi querido General. Bien, ya basta de formalidades, ahora iré al verdadero motivo de mi carta. Resulta que le escribo porque me gustaría que me concediera un momento de su áureo tiempo para charlar. Tengo un negocio que proponerle; concierne a mi marido, sabe. Un asunto de trabajo que nos involucra a ambos. Además, como ya le he dicho, me gustaría volver a retomar nuestra correspondencia. Aprovecho también la presente para felicitarlo por su victoria en la campaña política. No crea que la política me sea completamente incomprensible. Sé que todo se debe a su innato talento para las relaciones públicas. Admiro ese talento, Antonio, me retracto de las frías palabras con lo que lo juzgaba hace algunos años. Recuerdo cuando era apenas un teniente coronel, nos vimos sólo una vez en la hacienda de Arredondo, pero no nos conocíamos. Cuando Iturbide, es cuando de verdad empezamos a relacionarnos. Usted era apenas un general brigadier. Después general de división en tiempos de Victoria. Ahora, Usted se encuentra en el mando supremo. Todo en un periodo que apenas y supera a una década.
No escribo más Antonio, prefiero verle en persona. Espero que podamos encontrarnos en la ciudad, aunque, por lo que he oído, Usted prefiere permanecer en Manga de Clavo. En fin, espero con ansia vuestra respuesta.
Sinceramente suya
Ada Malvina Amanti de Quintero (Sra.)
Ciudad de México 5 de mayo de 1833
Queridísima Doña Ada:
Vuestra carta ha sido una grata sorpresa para mí. Un momento de respiro entre mis arduas y tediosas obligaciones de mandatario. Usted ha oído bien; aún siendo presidente, yo prefiero mil veces mi acogedora hacienda en medio del campo que el lúgubre Palacio Nacional, tan frío y sombrío como las criptas del cementerio. Y siempre preferiré Xalapa a la Ciudad de México. Sin ofender, no soporto permanecer mucho tiempo en la capital ni tampoco la presión de la vida citadina. Me molesta la frialdad de la gente y al mismo tiempo su costumbre de meter las narices en asuntos ajenos e inventarse habladurías mordaces contra las figuras públicas. Las calles despiden olores bastante fuertes para las narices de un hombre provinciano. Sin embargo, déjeme decirle que existen pocas cosas en México que me hacen sentir a gusto. Primero, las corridas de toros, y los palenques. Segundo, las cantinas y los refinados restaurantes estilo europeo. Y Tercero, nuestra amistad, mi querida señora. Es cierto, yo también añoro nuestro antiguo trato. No obstante, desde nuestros respectivos matrimonios, tenemos el deber moral de tratarnos con más respeto. Me es imposible dirigirme a Usted de la misma forma de hace diez años. De ser una mocilla caprichuda y empingorotada se ha convertido en una noble señora y madre. Permítame informarle que don Jerónimo es muy envidiado dentro de mi círculo de amistades. Usted me pregunta sobre mi familia ¿Qué podré decirle? No gran cosa. Mi esposa no es amante de la vida pública. El hecho de ser Primera Dama no le ilusiona en lo absoluto. A Inés no le gusta para nada la ciudad y odia las recepciones de gobierno. Ella, al igual que mis hijas, siempre ha sido mujer de pueblo. No cambiaría Manga de Clavo ni por lo mejores palacios de Tacubaya. Mis hijas sí sueñan con venir a México pero deben quedarse junto a su madre, pues se encuentra ella indispuesta. Está esperando otra criatura. Ha sido el parto más complicado que ha tenido. Pido a la Divina Providencia de que está vez resulte un varón. Por ahora sólo soy padre de dos nenas, Guadalupe y Carmela. Lupe tiene seis años y Carmela dos años menos. Vuestro niño se llama Víctor, sino mal recuerdo. Un verdadero pingo ¿Ha cumplido ya los nueve? Cómo me acuerdo de cuando lo trajeron a Manga de Clavo hace cinco años. Deberían volverlo a traer para que conozca a las niñas. Podría haber una posibilidad de afianzar un compromiso ¿No le parece?
Como podrá ver en el remitente, ahora me encuentro en la Ciudad de México ¡Por supuesto que consideraré su proposición! Querida Ada, ya sabe que nada me regocija más que verla. No obstante, debido a mis obligaciones, me es imposible visitarla. Pero con mucho gusto la recibiré en mi despacho ó si prefiere, en la noche podríamos citarnos en algún restaurante. Tengo suma curiosidad en el negocio que Usted desea proponerme. Concierne a su marido ¿cierto? ¿Acaso se trata de una puesta dramática? ¡Cómo me encantaría verla de nuevo en escena! Especialmente en en la obra de “Salomé”, si deciden montarla de nuevo, estoy dispuesto a ofrecerles el escenario del Teatro Principal, Ó ¿Acaso de un nuevo espectáculo? Podrían ponerla en cualquier otro teatro. Siempre y cuando tenga yo reservado el placo presidencial. Señora, Usted lo sabe, puede pedirme el favor que Ud. Quiera, siempre y cuando podamos llegar a un acuerdo. Aunque hace mucho tiempo que no intercambiamos cartas, yo a Usted la sigo considerando una amiga íntima y no deseo perder vuestra amistad. Hace tiempo, cuando éramos mucho más jóvenes, yo apenas un oficial y Ud. Una moza, mantuvimos una relación íntima que duró algún tiempo. Debo admitirlo, llegué a contemplar la posibilidad de casarme con Ud. Pero Dios lo tenía previsto, nada de esto estaba señalado en nuestro destino. Aún así, no olvide, Fanny, como solía llamarla en aquel entonces, que nuestra amistad prevalecerá.
Envíeme otro billete para formalizar nuestra cita ¿Asistirá su esposo? Hágamelo saber. Envíele un cordial saludo de mi parte.
Me despido besando su mano
Atentamente
Gral. Antonio López de Santa Anna
PS: Se equivoca al pensar que ya no le escribía sólo por llevarme ahora con la gente de renombre. Si no la frecuenté fue más bien por las cuestiones de campaña y no por otra cosa. Detesto a la gente que se creé de alta alcurnia. Prefiero vuestra amistad a aguantar las zalamerías de pisaverdes.
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